Cuento: La viuda y la bicicleta

Jose-Miguel-Varas

Por José Miguel Varas
Cuando murió el viejo García, el más antiguo de los linógrafos de la vieja imprenta, dejó una viuda y una bicicleta en buen estado. Alta, delgada, elegante, nerviosa, muchos la codiciaban. Era, fuera de toda duda una belleza pero además, por su líneas, por su clase, uno se daba cuenta que era noble y que no iba a fallar en situaciones de apuro. Para llevarla bastaban dos dedos en la parte baja del asiento. Era un encanto de livianura. Cualquier varón del taller o del cité habría dado cualquier cosa por montarla. ¡Qué bicicleta!
Tampoco estaba nada de mal la viuda, llamada Flor, que usaba siempre una flor blanca en el pelo. Tenía una melena abundante y lujosa, una catarata de cabello negro brillante con visos rojos. Y ella, más bien alta, fina de brazos y piernas, pero con el buen servicio de té y lo que corresponde por la posteridad.
Habitaban, la viuda y la bicicleta, en la casa 9 del cité Los Cardenales.
Al final, donde el pasaje se ponía más ancho, aseñorado, estaba el imperio de las lavanderas, con sus artesas y los alambres con ropa ajena tendida a secar y la piedra huevillo del suelo siempre mojada de lavaza lechosa. Allí estaba la casita 18, más grande que la sotras, y en ella arredraba una pieza el joven Osvaldo, recién regresado del servicio militar, más flaco y tan pajarón como antes, pero medio metro más alto. Toda la ropa le quedaba chica. Le colgaban las manos de esos barzos flacos que la chomba solo cubría hasta pco más alla del codo.
Lo tomaron de nuevo en la imprenta, en la misma pega anterior, para que distribuyera los trabajos o trajera papel y metal en el triciclo.
Pocos días después del sepelio del viejo García los atentos observadores del bar de la esquina, denominado Las Glorias de Colo Colo, lo vieron pedaleando con cara de felicidad en la maravillosa bicicleta del linógrafo difunto. También observaron que por las tardes se paraba en la puerta de la casa 9, afirmado en la bicicleta, a conversar con la Flor, y dos veces lo vieron entrar a tomar once con ella. Cuando salía sin sin aflojar la máquina, se despedían de mano.
Los parrroquianos opinaban que la cosa iba bien y que el cabro tenía merecimiento. El Pedro Alday salió con que lo había visto cerca del Parque Cousiño llevando a otra peuca en el fierro, pero no le hicieron caso. El Alday era fantasioso. Cuando en eso, la gran sorpresa: una madrugada llegan dos carabineros y se llevan preso al Osvaldo y a la bicicleta.
¿Qué habría sucedido? Pasaron días de incertidumbre y noticias contradictorias hasta que apareció el Soto Chico, que era primo de un actuario del Quinto del Crimen en segundo grado, y contó que la causante era la viuda, que lo acusaba de robo de la bicicleta con engaño, premeditación y alevosía.
Y el abogado de lla dijo en el escrito que ese elemento, así lo llamó, se había apropiado de la máquina en perfecto estado de funcionamiento y de la conocida marca Legnano, perteneciente en vida al marido de mi representada, recientemente fallecido, haciendo uso y abuso de ella durante varias semanas burlando la confianza de la legítima dueña, una viuda indefensa, sin demostrar ninguna intención de restituirla ni apersonarse, lo que era un claro indicio. Con esas palabras, que el Soto Chico recitaba lo corrido, los parroquianos de Las Glorias vieron que la cosa estaba pesada y que iba mal para el cabro.
El Osvaldo no tenía abogado (¿de dónde?). En el juzgado le pusieron uno jovencito pero bastante despierto, que era del Servicio de Asistencia Judicial, algo así como la Olla del Pobre en cosas de pleitos. Este abogadito, que usaba anteojos poto de botella de tanto estudiar y de puro pobre tenía flecos en las mangas, leyó los papeles, habló y le dio que cambiara el cuento. Que dijera que se había quedado al propio o sea de intento, varios días con la bicicleta porque estaba enamorado de la Flor y tenía la esperanza de que ella fuera a su casa a buscarla. Tal cual.
El Osvaldo, pajarón, no quería decir eso porque era mentira, pero pasaban los días y al final, de puro desesperado, entró a declarar así.
Dicen que cuando el otro abogado le contó a la Flor, ella se quedó con la boca abierta y se puso muy pálida.
Resultado: llega el abogado de la Flor así como de mala gana al tribunl y dice que por encargo de su representada retira la denuncia. Que ella piensa ahora que el joven actuó sin dolo, por inexperiencia, y que desea darle otra oportunidad.
¿Qué más? Casi nada.El Osvaldo apareción de vuelta en el cité Los Cardenales, más flaco que antes y, como a los tres días, se trasladó de las cas 18 a la 9. O sea, que tuvo otra oportunidad.
Un parroquiano de Las Gloriad del Colo Colo comentó que ahora podía usar cuanto quisiera la bicicleta.
–Y la viuda– dijo uno de los malulos.
(El autor -1928-2011- fue locutor de radio, periodista y escritor chileno de amplia y polifacética carrera, Premio Nacional de Literatura -Chile- en 2006)

 

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