¿En qué momento lo permitimos? (parte 1)

Por Camarón Vaquero*

Hace unos días hice uso de mi auto entre semana al medio día. Me di cuenta de una cosa: ya no aguanto estar atrapado por el tráfico de cientos de automotores aunque se por sólo unos minutos. Estoy ya acostumbrado a la movilidad casi permanente que me dan mis vehículos de dos ruedas: Silveria, mi moticicleta, y Black Diamond, mi bicicleta.

Esta última es mi favorita para moverme por la ciudad entre semana; la motocicleta sólo la llevo cuando voy a zonas lejanas como Santa Fe, al Sur de la ciudad cuando es más allá de Churubusco o, siempre al norte y oriente del Valle de México, sea cual sea el destino.

Mi vida discurre, para fortuna mía, en la zona centro de la ciudad de México. Luego de estar mapeando mis recorridos durante poco más de tres semanas con una aplicación en mi teléfono celular, tuve la evidencia documentada de que ruedo un promedio de 20 kilómetros semanales en bici dentro de dos delegaciones: Miguel Hidalgo y Cuauhtémoc.

Mi auto sólo lo saco por las mañanas para ir a correr y en las noches para ir por mi esposa a una estación del metro cercana a casa. Más o menos le meto como 23 kilómetros semanales, no más.

Bien, pues tuve la idea, que luego me di cuenta que fue pésima, de llevarme mi auto para acudir a unas conferencias en el Museo de Tecnología de la CFE, situado en el Bosque de Chapultepec, junto a los juegos mecánicos. Bien, ese recorrido me tomó 73 minutos, es decir más de una hora y diez minutos desde la San Rafael.

Una vez que llegué ahí, en el museo no había lugar para visitantes, pese a que organizaron un foro donde de antemano saben que muchos llegan en auto. Los hombres de la caseta de entrada me aplicaron la de “híjole joven, no tenemos lugar para visitantes, busque en la calle”.

Cosa rara en mi, no protesté; lo que sea con tal de llegar ya a las charlas. Ya en la calle, me encuentro con que está llena de autos y los únicos sitios disponibles están a poco más de un kilómetro de la entrada del museo. Ni hablar, lo dejamos y caminar un poco no me hará daño. Pero sorpresa, en cuanto me orillo sale un tipo corriendo con un chaleco de malla plástica naranja fosforescente y un banderín del mismo material y color. Se pone frente a mi auto y me hace señas de apoyo para que me estacione bien. Me exige que me pegue más al auto de atrás. No le hago caso. Me bajo y sin más me dice: “Son 30 pesos, ¿va querer lavada?”.

“¿De qué son treinta pesos?”, le reviro en tanto doy la vuelta hacia la puerta del copiloto para sacar mi mochila. “Es la tarifa, si no, no se puede estacionar”, me responde a su vez, ya en tono desafiante. Muy a mi estilo le contesto: “¿Dónde dice que no puedo?”.

Me mira un segundo, se lleva las manos a la boca y a manera de bocina amplifica un silbido. Acuden en segundos dos señores, uno con uniforme de policía. Me indican que no puedo estacionarme ahí. Les pregunto de nuevo porqué no y me explican que está prohibido.

(Continuará…)

* El autor no concibe la vida como digna de vivirse si no viaja en dos ruedas al menos tres veces por semana a donde sea necesario ir.

 

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