Estrepitosa caída

Gajes del ciclista que gusta de competir

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por Camarón Vaquero*

Un domingo por la tarde cualquiera, de esos soleados y de futbol allá por mediados de los años 80, estábamos toda la palomilla haciendo lo que mejor saben hacer los chamacos de entre 10 y 14 años: nada.

De repente, en uno de los estacionamientos del conjunto habitacional donde vivíamos llegó un tractocamión, de esos torton que transportan cemento, arena y otros materiales, y depositó a medio estacionamiento una buena cantidad de arena ya mezclada con gravilla. Salió del estacionamiento tal y como llegó: con un estruendo horrible y escupiendo diesel quemado a todo poder. Todavía le veíamos las placas cuando José Luis, un pálido y paliducho amigo que yo juraba era nieto de Clavillazo, tuvo una idea genial: “Hagamos una carrera y la meta la ponemos pasando el montículo. Ganas si luego de que saltas la arena cruzas la meta rodando, sin caerte”, explicó con la vista puesta en el montón de material.

“¡Va!”, dijimos al unísono los demás y todos corrimos a las casas por las bicicletas. Regresé con mi magistroni cross roja, ya había más chicos dispuesto a participar en la carrera de los que originalmente estábamos ahí minutos antes.

El Pulga, su hermano mayor el Fai, el Chespi, el Tío, el Yair, el Nuez, Julio, Lucas, Raúl y demás aglutinamos una grupo de más de 20 bicicletas de todo tipo. La que más nos gustaba era la del Tío porque era una Benotto “de velocidades”.

Nos pusimos de acuerdo en la ruta: desde la banqueta hasta el fondo de estacionamiento había que rodear un Valiant rojo ahí parado (eran cerca de 90 metros de distancia), de ahí tomar hacia la izquierda hasta topar de nuevo con la banqueta; ahí a la izquierda de nuevo para tomar el camino de regreso hasta donde estábamos.

El montículo de material quedó casi al centro del gran estacionamiento en el que estábamos, por lo que luego de llegar ahí donde arrancaríamos, viraríamos rumbo a la lomita de arena y gravilla, saltar y cruzar una línea de meta que José Luis, el nieto de Clavillazo, había pintado sobre el asfalto con un pedazo de tabique rojo. Ese mismo tabique marcaba ahora el punto que debíamos rodear antes de enfilar a la línea de llegada.

Nos dispusimos en un compacto grupo; alguien decidió que los más grandes adelante para evitar a los que traían las bicis más pequeñas. Con quejas y todo, pero así se quedó. Yo quedé en la segunda línea.

Arrancamos, a todo pedal, con la técnica depurada de escuincles de cualquier barrio de la ciudad de esa época. No me fue mal en la arrancada, venía detrás del Tío, el Pulga, el Fai y el Julio, pero con sus mayores fuerzas y bicis más grandes pronto me abrieron distancia. Los seguí como a 15 metros detrás hasta dar vuelta en el Valiant; en ese punto vi de reojo la rueda delantera de la bici del Yair. Apreté la marcha, doblamos la siguiente esquina justo antes de topar con la banqueta. De ahí enfilamos los casi 90 metros de regreso hacia el tabique que había que rodear. En ese tramo nos sacaron más distancia y en la disputa por el cuarto lugar se nos pegó José Luis y el Lucas.

Ya comprometidos en es parte de la ruta me di cuenta que dada la velocidad y lo cerrado de la vuelta chocaríamos.

Estaba pensando eso cuando vi el tremendo encontrón que se dieron el Fai, el Pulga, Julio y el Tío. Cayeron justo en la vuelta y nosotros nos aproximábamos rápido. Los cuatro bajamos la velocidad y los rebasamos entre risas e insultos. Pese al poco espacio alcancé a entrar y salir primero de la zona del accidente y enfilé hacia el montículo. Oí el murmullo de la bici del Lucas; apreté el paso y cuando menos me di cuenta ya estaba saltando el montículo…

Una de las caídas más terrible que me di de chamaco en mi bici roja fue la de esa carrera. Nada más toqué piso, perdí el control y caí estrepitosamente. Lucas y Yair la libraron mejor que yo; desde el suelo, raspado, adolorido y como si fuera un sueño de esos que apenas tienen enfoque, los vi pasar la línea de meta. 🙁

* El autor no concibe la vida como digna de vivirse si no viaja en dos ruedas al menos tres veces por semana a donde sea necesario ir.

 

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