Gota a gota, el sudor brota

Por Oso Oseguera*

“Yo sudo mucho”, me dicen algunos escépticos de moverse diario en bici. No lo dudo, yo también. De hecho, lo provoco. Me gusta sudar, así siento que le metí caña, que rodé con intensidad.
“Pero llegas todo sudado”, tercian. Sí, nada que no remedien un par de toallitas húmedas (sí, de esas para bebé), desodorante y una pizca de loción o aftershave. Yo, además, recomiendo que hay que sudar limpios, es decir, aconsejo el baño previo a la rodada.
El sudor es buen compañero. Aparece poco a poco, es discreto al principio, no se hace notar, humedece la ropa, particularmente las zonas que van en contacto con la mochila, el sillín o el casco. Es apenas perceptible, lo noto cuando una brisa tersa acaricia el cuerpo.
En estos días de calor intenso, además de ponerme un paliacate en la cabeza para evitar que esas traviesas gotas caigan en los ojos y los hagan llorar en serio, llevo la mascarilla contra la contaminación, que ayuda a sentirme más acalorado. Es por mi bien.
Entonces se avecina la subida fuerte, mi tourmalet. Ese tramo lo recorro en 15 minutos, 13 cuando llevo prisa o ganas de tener prisa. Me afianzo bien a los cuernos del manubrio, me concentro en el camino y pedaleo rítmicamente.
De a poco, se desprenden unos hilitos de agua. Provienen de la cabeza. A veces, se quedan suspendidos en mis abundantes cejas; otras, siguen de largo por la nariz y llegan a la boca. Es salado, sí, pero uno ligero, apenas un toque. Es como una pizca en la gota, ni molesta ni invade, se hace sentir sin escaldar. Lo disfruto.
El sudor en la cara es el más protagonista. Tendrá su ego. Se hace notar, se hace gustar. A veces, me hace llorar. Cuando la gota brinca sorpresivamente al ojo, tengo que apretar éste fuertemente. A la gota intento atraparla, contenerla, que no se escurra más, que se quede inmóvil. Intento que acudan a la disolución del conflicto salino otras gotas, pero internas y laven el ojo.
Son momentos complicados cuando voy rodando. Soy un pirata en dos ruedas, no uso parche, pero veo con un ojo. Si el sudor es copioso, peligro, hay que orillarse y meter mano. No en dos ojos, por favor. Bastante peligroso es rodar en el DF.
Cuando sólo una gota se aloja en alguno de mis ojos, arrecio el pedaleo, como si esto ayudara a que esta diminuta porción de agua salina pueda ser expulsada por el esfuerzo de mis piernas. Ayuda a la concentración, ayuda a entusiasmarme y a rodar más aprisa.
Librada la gota de sudor, hay que poner atención al camino y sus topes, baches, zanjas, obras y demás obstáculos.
El sudor me acompaña siempre: con frío, con calor, con temperatura templada. He aprendido a vivir juntos.

* El autor disfruta el sudor del esfuerzo, del ahínco por llegar más rápido. El sudor siempre es su compañero en la rodada. Por eso al llegar al destino lo retira con calma y suavidad.

 

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