La chica de los ojos tristes

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La encontré recargada en un poste. Vestía toda de negro, sin ser punk o darketa. Su blanco rostro contrastaba con el atuendo mortuorio. Por esto, creo, la voltee a ver: bonita figura, pelo recogido con coletita, boca discreta y de labios carnosos, ceja tupida y bien delineada, ojos tristes. Estaban conspicuamente tristes. Me atreví a interponerme entre su mirada y el horizonte. No lo puede resistir, traía un casco de ciclista y en la pierna derecha de su pantalón una llamativa cinta amarilla para evitar que se atore el pantalón en la cadena. ¿Qué pasó?, le pregunté como si la conociera de mil años. “Me robaron la bici…”, contestó sin mirarme y como si me conociera de dos mil años.
Estaba recargada en una de las jardineras de plaza en Reforma 222, donde está el flamante contador de ciclistas, que indicaba 523 apenas al mediodía.
La chica de negro y ojos tristes me contó que esa bici era de su abuelo y que tenía más de 50 años de estar rodando por la ciudad, que la llevaba y la traía por todos lados: desde La Viga hasta la San Rafaél. Lleva 5 años de usarla. La chica, de escasos 25 años, fue a la plaza a comprar un aparato, y encadenó la bici como siempre lo hacía (a árboles, postes, tubos, jardineras, lo que fuera que la atara). Esta vez lo hizo al propio biciestacionamiento que está en la entrada al centro comercial. La frágil cadena fue violada y la bici sustraída. Solo quedó el pedazo de cadena roto y el candado cerrado. De la bici ni su sombra.
“No podré reponer jamás esa bici”, me dijo sin dejar de ver en lontananza. No lloraba, no había agua en sus ojos, pero estaban tristes, alicaídos. Estaba como zombie, como abstraída de la bulliciosa banqueta de ese centro comercial. “¿Cómo te ayudo? ¿Tienes fotos de la bici, la publico en el sitio web…?”
“¿Y eso ayudará…? No lo creo. No, muchas gracias. Creo que compraré un candado más resistente para la próxima. Esto no me va a bajar de la bici”, por fin me miró a los ojos. Esta vez estaban chispeantes, el entrecejo fruncido le daba un toque más geométrico y anguloso a su rostro. La voz era menos de ultratumba.
“Sí, esa pinche cadenita no servía para nada… me lo advirtieron. Creo que eso es lo más coraje me da: lo sabía y no hice nada, carajo. Ves, y estos cuidadores sirven para lo mismo. Nadie se hace responsable. Bueno sí, yo. Fui irresponsable y descuidada. Ya verás que no vuelve a suceder». Todo esto lo dijo más para sí que como un diálogo. Su abstracción era notoria, pero a ratos me veía a los ojos y era vehemente.
Conectada ya a la realidad y al momento, la chica de los ojos tristes pateó la cadena rota; emprendió su camino al Metrobús. La vi caminar lento, con las manos en los bolsillos, la mirada en el piso, los hombros derruidos. Otra chica la golpeó con el hombro y dos o tres pasos más adelante volteó, me miró y alzó la mano para despedirse. Pude leer en sus labios claramente un: gracias.

* El autor se quedó sorprendido del impacto que puedes llevarte cuando no está tu bici donde la dejaste. No dejes que eso te pase. Invierte en un BUEN candado y cadena. Hay cosas que valen más que dinero.

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