Las bicis de mi vida

Por Ágata Székely
@heroinasmanual

La azul oxidada: Absolute Beginners
Aprendí sin rueditas con la bici prestada, vieja y descascarada de una vecina, Isadora, a los 9. Me acuerdo perfecto de ese día. Cansada de ser outsider por no saber andar, le pedí a su hermanito de 5, Iván, que la sostuviera de atrás y pedaleé por su jardín. Los chicos, pragmáticos, siguieron el mismo sistema con el que les habían enseñado a ellos. Me soltaron al segundo intento y mantuve el equilibrio hasta que me di cuenta de que estaba sola. Caí sobre unos plantines. Una pequeña cascarita en las rodillas para mí, un gran paso para mi independencia vehicular.

La roja: pertenezco.
Días más tarde, en un galpón descubrí una joya. Nueva, reluciente, de propaganda. ¿Y esta? ¿De quién es? Mi mamá había escondido la que sería mi primera bici en su casa. Moraleja: aprende a pedalear primero y la bici llegará. En serio brillaba. Fue mi compañera de excursiones -al mejor estilo Los Goonies o Los bicivoladores- hasta que mis padres decidieron vender todo lo que teníamos e irnos a vivir al campo. Mala cosa.

La de hombre: What a feeling!
A los 14, una noche en lo de una amiga vi por la tele algo que cambió mi vida y es todavía una declaración de principios, un manifiesto vital: Flashdance. Las revelaciones de la cinta –totalmente existenciales- me dejaron con la boca abierta: Yes you can. Supe que rodar por las calles era bello y sexy y que desear triunfar estaba bien. Deseé triunfar. Le robé la bici a Javi (marido de mamá) y de paso también un impermeable largo y verde como el que usaba Alex en su trabajo de soldadora. Así fui a la escuela los siguientes meses. (Sí, también llevaba calentadores).

La verde: Rehab.
Era un tiempo en el que todo mal. Estaba gorda de la desesperación. Sin empleo, sin casa para rentar y con novio metedor de cuernos. Lloré en la calle todo un día y pedí refugio a unos amigos. Busqué trabajo. Con los primeros 50 dólares que gané compré una bici usada y pedaleé frenéticamente hacia el futuro. Diez kilómetros era la media diaria. Incluso cuando me movía de ciudad la llevaba en el tren (esto fue en Argentina, donde hay un vagón para eso). Recuperé el cuerpo y el poder y el deseo de triunfo. Migré y la dejé al cuidado de una amiga, que en la crisis-devaluación, la vendió para comprar un kilo de pan.

La plegable: Love Story.
Mi cumple 33. Hacía poco menos de dos meses que salía con alguien. Parecía en serio. Pero, en ese tiempo ¿quién podría saber? Él llegó a las 7 de la mañana y la desplegó en la puerta. Salí en camisón, emocionada, ante la mirada de los recién llegados de la oficina del frente. Venía con un timbre en forma de catarina. A la noche, en la fiesta, fui la envidia de todas. Las chicas miraban absortas la bici y luego a sus novios, como una indirecta de “yo también quiero”. Éramos unas 20 personas en un departamento minúsculo y una amiga propuso un juego: vamos a decir una palabra como regalo. Me puse nerviosísima, todos sabían que mi relación llevaba poco y en realidad no lo conocía tanto. Me dio pánico ¿Y si dice una pavada? ¿Y si dice algo muy cursi? Se me heló la sangre, las voces de todos bajaron de volumen, ya no escuché a nadie de la preocupación. Clavé la mirada en los rayos de las ruedas nuevas.
Y entonces él dijo: -“siempre”.

La autora es periodista y ciclista.

 

1 Comment

  1. Yan says:

    Wow!
    Me gustó el estilo y los hechos.
    Bici=libertad
    Todos los que vivimos así, lo sabemos, más bien, lo sentimos.

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