Los olores y humores al rodar

GranFondo5

Hace dos semanas se organizó el 5º Gran Fondo Ciudad de México, una rodada que transcurrió por gran parte del segundo piso –el circuito Bicentenario–. Fueron 100 km y más de 5,000 ciclistas. Era un contingente muy nutrido.
La salida estaba programada a las 7:50 y la ruta era Zócalo-Tlalnepantla-Lechería-Viaducto Tlalplan-Zócalo. Así que me preparé con mis bidones de agua, mal desayuné (más tarde pagaría esta osadía) y le di una rápida revisada a la bici. Como la uso casi diario la traigo al tiro. Así que solo revisé que las llantas estuvieran a la presión que me gusta. Listo. Ya podía rodar a gusto.
Al llegar al Zócalo me vino un fuerte olor a basura, un penetrante y molesto cosquilleo en la nariz. Regularmente así amanece la ciudad, con ese fétido olorcillo a basura añeja. Cuando salgo a rodar temprano es inevitable ese mal olor.
En el Zócalo, en lo que buscaba al contingente, vi a un ciclista que adaptó en la parte delantera de la bici (ver foto) un pequeño sillón para llevar a su hija, una pequeña de entre 10 y 12 años con algún padecimiento mental. Se me encogió el corazón, me dio mucho gusto por ambos y al lado rodaba la mamá. Una escena para enaltecer el espíritu humano.

Ciclista-con-nina-GranFondo
Los organizadores tuvieron la mala idea de cambiar el sitio de partida. Ya no sería el Zócalo, sino Plaza Tlaxcoaque, pero no avisaron a tiempo. Mal, muy mal. Al llegar al nuevo punto de partido había cientos de ciclistas, cientos de olores.
No es que yo pida que huelan a lavanda, a jabón Henio de Pravia o Jardines de California, no, vamos, que no huelan. Llegaban tufos rancios, de sudor acumulado en el jersey. Lo malo de estos olores es que se pegan a la nariz. Ya no sabes si se te pegó o tú hueles así.
Y arrancó la rodada, 10 o 15 minutos después de la cita. Dudé en llevarme los tenis con clip. En estas rodadas es importante poder bajar pronto los pies, algunos ciclistas sin pericia pueden hacerte caer en el lugar menos pensado, y sí me los llevé.
Al pasar por el primer desnivel en Ave. Congreso de la Unión hubo un primer caído. La situación se veía aparatosa: le daban reanimación cardiopulmonar, no parecía caída (luego me enteré que le dio un infarto y que logró sobrevivir gracias a la inmediata atención que recibió de varios paramédicos ciclistas que participaron en la rodada). No iban ni 15 minutos de rodada y ya traíamos varios esa imagen siniestra en la cabeza. Uff, qué fuerte.
Más adelante volvió un olor dulce, como chocolatoso. No sé de dónde provenía, quizá de algún puesto de tamales que había en la zona. Un aroma que nos hizo olvidar de momento el aparatoso trance del caído.
Llegamos a Tlalnepantla y nos dieron un discurso, la mala organización consiguió que varias decenas de ciclistas no pudiéramos rodar a Lechería, porque no nos indicaron que debíamos tomar otro camino. Se armó la discusión con un patrullero del Estado de México y varios decidimos no rodar en sentido contrario por el segundo piso del Circuito Bicentenario. Ni modo, nos tocó la de 80 km.
Y arrancamos desde Tlalne por el segundo piso, entusiasmante, único, tener eses circuito solo para bicis solo ocurre una vez al año durante esa carrera. Al rato nos detuvieron de nuevo para echarnos otro discurso. Esta vez fue del mismísimo Jorge Dzib, el organizador, quien poco cauto mencionó a Enrique Peña Nieto y la rechifla se hizo sonora, insitió en agradecerle y volvió la silbatina. Hasta que de plano los ciclistas con alma pambolera le espetaron el grito al portero: “Eeeeeeeeeeeeeeh, puuuuutooooooo”. Muy divertido y el mismo Dzib acortó su discurso y también el representante del gobierno naucalpense.
De ahí nos dirigimos hacia Chapultepec. La vista era espectacular, unas nubes entintaban el cielo con manchones grises. No había mucho sol y la rodada era muy agradable, a una temperatura ligeramente fría. Al entrar a la zona corporativa, pasando Ejército Nacional, nos escoltaban edificios de cristales verdes, grises. Y como dijo mi compañero al pasar por ahí: “Me siento como en un videojuego”. Y es que sí, íbamos entre los edificios. Era una sensación totalmente urbana, nunca vista.
Continuamos la travesía. Ver desde arriba al Bosque de Chapultepec a 25 km/h reconforta el alma de cualquier ser humano. Un tendido verde intenso, apenas con manchones blancos del monumento a los Niños Héroes y en la cresta de esas copas de árboles, el imponente Alcázar de Chapultepec, luego vimos los juegos mecánicos y finalmente abandonamos esta zona.
Nos encaminábamos a la parte más difícil –para los que rodamos los 80km– las pendientes de San Antonio, Mixcoac, San Ángel, San Jerónimo. Intenso, fuerte, ahí fue donde me hizo falta el desayuno, tenía hambre y la panza me traicionaba sonoramente, sólo beber agua no era suficiente. Las cimas de esas subidas se veían lejanas, hubo –eso sí, muy pocos– quienes se bajaron de la bici y tuvieron que caminar. Sí, no es un paseo para quienes tienen poca condición física.
Logramos pasar estas duras pruebas. En una de ellas hicimos la última parada. Nunca pensé que iba a desear detenerme y refrescarme. Uf, qué pesado y todavía faltaban 30 km. pero ya era prácticamente rodar en plano.
Llegamos a Viaducto Tlalpan y luego Calzada de Tlalpan. A la altura de Río Churubusco un aroma a pan calientito me masajeó las fosas nasales, me recordó que tenía hambre y que faltaban 15 kilómetros –más o menos– para llegar a la meta. Todo Tlalpan era nuestro, los 5 o 6 carriles, los dos pasos a desnivel, rodamos a nuestras anchas, nos acompaña en su carril el gusano anaranjado.
Para la estación Xola las piernas y el ánimo me recordaban que ya no tengo 30 años, que los últimos meses no había hecho mucho ejercicio, que no había desayunado bien y que el sol ya asomaba y empezaba a ser molesto. Mis dos acompañantes me habían adelantado los vi irse, no desistí, pedalé y traté de hacerlo a buen ritmo. En eso me rebasó un “gordito”, híjole, pensé, ya valí. Luego otro, y otro y otro. Me resigné, ni modo, no soy el mismo de antes. Disfruta estos últimos kilómetros y ve a tu paso. Me concentré y sólo pensaba en terminar.
Finalmente llegué y ya me esperaba mi hermano, me alzaba los brazos para que lo viera. Uy, qué alivio. Me aproximé y le dije: “Hay que ir a comer algo”.

* El autor resintió la edad y, sobre todo, la falta de ejercicio regular que mantuviera su condición física en óptimas condiciones. La vez pasada que rodó esta misma distancia, no se afligió un instante y apenas pasaron dos años.

 

2 Comments

  1. Francisco Garza says:

    Buena descripción del escritor, tiene sentido del humor e imaginación, felicidades

  2. TachitoTec says:

    Ahora ya sabes para que sirven las famosas “Cenas de carbohidratos”

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