Mi bici de adulta

Por Claudia Silva*

Siempre me ha gustado andar en bici pero hace mucho tiempo que no estrenaba una. La última que rodé desde nueva fue una color verde a la que le puse entre la salpicadera y la llanta trasera un envase vacío de frutsi para que sonara como motorcito. Esa bici me la trajeron los Reyes Magos una mañana de enero. Con ella, pasé años jugando en Valle Dorado, la colonia sateluca donde viví la infancia.
De aquellos días recuerdo que la calle era para nosotros, los niños. Cuando llegaban las vacaciones de verano armábamos expediciones en bici a un cerro que quedaba a pocos minutos. En nuestra imaginación era como escalar el monte Everest.
No contábamos con cascos ni rodilleras. Aún tengo en mi rodilla derecha una cicatriz de 3 centímetros que me hice al no frenar y caer sobre una malla ciclónica. Subíamos rápido y sin protección, pero con la certeza de que al llegar a la cúspide algo grande nos esperaba.
Al andar en bici hay algo de nosotros que conecta con la infancia . Ahora que decidí rodar de nueva cuenta me he acordado de esos días de niñez. Sin embargo, ahora viajo como adulto. Protegida hasta los huesos. Con casco para la cabeza y un chaleco color amarillo que de noche refleja las luces de los autos. Por si fuera poco, ese chaleco tiene la opción de prender lucecitas que parpadean ad libitum.
Vivo en una zona “amable” para los ciclistas. El centro cultural en el que trabajo queda en medio del Bosque de Chapultepec. A diario recorro unos 4 kilómetros del Ángel de la Independencia a Casa del Lago de la UNAM. Y de regreso. No es un trayecto largo pero aún así debo confesar que la ciudad impone.
En horas pico, la gente es hostil y el asfalto se torna caótico. Los baches parecen más profundos y algunos automovilistas se abalanzan sobre el ciclista como toros enfurecidos que quieren dar la embestida. Pocos respetan el carril de ciclistas creado sobre Reforma. Los taxistas lo utilizan de zona de aparcamiento y la gente que conduce autos de lujo cree que con solo poner luces intermitentes, resuelve el problema de invadir un espacio que no fue creado para ellos.
No, no es fácil andar en bici por la ciudad de México, pero vale la pena intentarlo. Es una manera distinta de acercarte a la urbe y de reencontrarte con sensaciones que tenías olvidadas.
Hace unos días salí de noche de Casa del Lago. Había llovido mucho y el jardín desprendía un olor a tierra mojada que me animó a dar una vuelta por el bosque a pesar de que ya se encontraba cerrado para el público. Me subí a la bici, prendí sus luces y me interné en el bosque para conocerlo de noche.
Sentí el viento frío sobre el rostro y las gotas de lluvia que caían de los árboles me recordaron aquellos paseos de verano en los que fuimos pequeños viajeros y en el que nos sentíamos Ulises buscando Itaca. Cuando Bruno, mi hijo de dos años crezca, lo llevaré a rodar conmigo.

* La autora es asesora de comunicación de la Delegación de Quebec en México y @casadellago de la UNAM. Periodista freelance y orgullosa mamá de Bruno.

 

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