Mi segunda vez

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Por Cecilia de la Rosa*

Y por fin llegó el día, tuvieron que pasar 20 años, no lo quise pensar mucho, tampoco lo divulgué demasiado, ya que no me bajaron de inconsciente y poco lúcida. Al no tener bici propia no me quedaban más que dos opciones: tomar la de mi esposo, abandonada en una azotea; o salir a buscar una y aventurarme en calles que no conozco. Yo ya estaba decidida. Tomé la bici abandonada. Me dijeron: “Acéitala antes porque rechina”, solo le sacudí un poco el polvo. Así que ahí estaba, parada en la puerta junto a esa bici grisácea, mis manos sudaban, mi corazón parecía estallar, estaba emocionada pero también me sentía algo vulnerable, torpe y, sí, cobarde.
Mi deseo estaba ligado a mi antiguo recuerdo de andar por las calles de Lindavista, con mi entrañable bici amarilla, pero me conformé con aventurarme en mis rumbos de hace poco mas de 10 años: la reforma Iztaccihuatl. En fin, me subí a la bici y empecé a rodar. Solo veía como se alejaba mi casa, decidí mi camino, crucé pequeñas avenidas para ir tomando confianza, fue complicado porque las calles en su mayoría son cerradas y tenía que avanzar. Poco a poco me iba acercando a la vía que no pretendía y me atemorizaba tomar: Tlalpan, pero ya estaba escrito, el destino me llevó ahí. Llegué por Eje 5 y me lancé a rodar. No tengo idea a qué velocidad iba pero antes de llegar a Xola le tuve que bajar, el miedo me empezó a invadir, entre el brutal pasar de microbuses, el pavimento disparejo, el estridente sonar de cláxones, el andar del metro, el imprudente cruce de la gente y sin faltar el grito de “mamacita”, estuvieron a punto de darme por vencida, quería abandonar esa bici incómoda, dura y chirriante, me sentía frustrada, enfurecida con mi gran idea, pero mi ego y mi orgullo no me dejaron, no me iba a dar por vencida, así que decidí continuar. Me topé con algunos ciclistas y, considerando que quizá tenían un poco más de experiencia, me coloqué detrás de uno de ellos para seguir su marcha logrando un poco de confianza. No rodé mucho y ya estaba en Fray Servando. Mi falta de condición y el exceso de adrenalina, me hicieron regresar pronto.
Volví a tomar avenidas poco transitadas, quería en verdad gozar mi momento con la bic. Me olvidé de todo, incluso responsabilidades, empecé a sentir el aire en mi rostro y los recuerdos de mi infancia empezaron a aparecer. Me dejé llevar y fue algo fascinante, bajé aún más la velocidad, no quería que terminara la experiencia.
Debo confesar que a pesar de haber tomado lecciones y consejos de la web, prepararme con ciertos accesorios para protección de mi persona, mi falta de práctica y habilidad por poco me vencen. Me bajé de la bici temblando, con las manos entumidas, gran tensión en los hombros, el estómago deshecho y las piernas aun me pesan. Sin embargo, la experiencia fue maravillosa y pienso regresar bien preparada con mi propia bici y tomaré el consejo de un máster en la bici de acercarme a un grupo de chicas para adiestrarme en este rollo. Definitivamente valió la pena el riesgo.

* La autora es comunicóloga, madre de familia y tuvo el valor y la osadía de volver a subirse a una bice después de muchos años, a pesar de las advertencias de sus seres queridos.

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