Pandemia y ciclismo

Por Oso Oseguera*

La pandemia nos recluyó. Los ciclistas pudimos haber salido a rodar, pero algunos nos guardamos. Conseguí un entrenador de bici fija básico, pero muy bueno para mantenerme en casa. Empecé a usarlo desde finales de marzo y cada vez le tomaba más el gusto. Arranqué con un par de veces a la semana, pasé a cuatro días, luego de lunes a viernes y finalmente me aventuré por los seis días. Me encariñé ya con este entrenador, sin duda.

Sin embargo, sí extrañaba rodar en la calle. 

Dos meses después ocurrió eso. Se dio la oportunidad cuando debía entregar unos regalos. Fui a la Narvarte, a la Condesa, a la Escandón y finalmente al Centro Histórico. Un buen recorrido cletero con maleta cargada, cubre-bocas (mascarilla Respro) y todas mis ganas de salir a la calle y eludir tráfico y coches.

Preparé la bici urbana: inflé las llantas, recargué las luces, limpié mi casco y saqué los guantes. Estaba muy emocionado. Y vámonos, que me subo a la bici y me lanzo hasta la Narvarte, unos 20-23 minutos de rodada, entregué mi primer paquete, de ahí a la Escandón, 10-15 minutos, luego a la Condesa (8-10 min) y finalmente al Centro Histórico (15-18 min).

Todo el recorrido tomó poco más de una hora: más de 60 minutos placenteros, plenos, con sol, con sudor, con muy poco tráfico y, por lo tanto, más disfrutable. Cada pedaleada me hacía sentir dueño de la calle, de ese tramo. Iba muy seguro, muy entregado al ejercicio y al movimiento de mis piernas y a estar alerta de lo que ocurría en mi entorno. Uno que otro ciclista recorrió los tramos que hice, el calor intenso del mediodía, mi sonrisa franca y mi espíritu volaba a cada pedaleada, creo que hasta iba tarareando una canción.

Sí extrañaba muchísimo salir en bici, sentir el viento en la cara, el rush de ganarle al semáforo, rebasar entre camiones, ceder el paso al peatón, volar en el asfalto, asirme fuertemente al manubrio y sentir las irregularidades de las calles. Fue una rodada con paradas, entregas, altos y sigas, charlas breves, pero me supo a gloria.

* El autor volvió a sentir ese placer único que le da la bici, ese cosquilleo que invade su cuerpo cuando se monta en el sillín y fue feliz y sintió plenitud.

 

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