Radiografía de una caída

Radiografia

La consecuencia, ya lo saben, fueron 5 costillas rotas. ¿Qué pasó? Rodaba sobre la ciclovía de Nuevo León, a la altura del Parque España, justo antes de llegar a la estación de servicio de gasolina de Sonora. A la altura de los edificios recién remodelados estaba un taxi en pleno carril ciclista. No lo pensé dos veces: me abrí para eludirlo. Salí de la ciclopista, rodé unos metros por fuera y al tratar de reincorporarme al carril bici no vi uno de los bolardos que delimitan la ciclovía de la vía de los autos. Estos bolardos están en color negro con reflejantes. La bicicleta se frenó -casi podría asegurarlo- en seco y yo salí disparado hacia la ciclovía. Caí de lado. Primero impactó la cabeza y luego el costado derecho. No metí ni las manos. Cuando abrí los ojos, ya tenía dificultad para respirar y por más que intentaba ponerme de pie me resultaba muy doloroso y, sobre todo, requería extremo esfuerzo. No seguí intentándolo por recomendación de las personas que llegaron a auxiliarme. Intentaba alzar la cabeza, pero también era difícil, solo veía -como en el cómic de Daniel el Travieso- zapatos y pantalones.
En lo que llegaba la ambulancia se detuvieron unos polis, quienes intentaron ayudarme a encadenar la bici, por si mis amigos no llegaban antes que los paramédicos. Así que ahí me tienen. Dándole instrucciones al poli de cómo usar el candado en U. Finalmente lo logró y pudo encadenarla a un poste angosto. Yo ya había pasado de estar sentado en la banqueta a la banca. Ante su comentario de que los ratas estaban muy «gruesos» en la zona, decidí ponerle el candado largo de titanio, el TiGr). Pero fue inútil, el poli no entendió jamás cómo funcionaba, y yo, desesperado de que no podía ponerme de pie, desistí de explicarle. Déjelo así, le dije. Afortunadamente llegaron mis amigos y pudieron echar la bici y todas mis pertenencias en la camioneta que llevaban.
Dos días después del golpazo me acerqué a la zotehuela del depa. La bici presenta ligeros cambios: la salpicadera trasera rota y un tallón en el cuerno del manubrio, justo en la cinta de piel que cubre la parte baja. Es mínimo el daño.
La ropa apenas se estropeó. Llevaba dos chamarras: una de algodón y otra rompevientos. Primero la sudadera de algodón y luego la otra. Ambas están manchadas de grasa del pavimento. El rompevientos tiene un minirasponcito que apenas alcanzó a luir la tela. La sudadera solo quedó manchada. La mochila donde lleva el candado también resultó sucia.
Yo, en cambio, 5 costillas rotas y un mini raspón a la altura del codo. ¿El casco? Ese sí que sufrió un tallón severo y dos abolladuras mayores. No quiero ni pensar que habría pasado sin él.
A escasos 6 días del percance pienso dos cosas:
1) Si hay un auto estorbando en la ciclovía, esperaré a que salga y continuaré mi viaje. Es por mi seguridad y él le quedará claro que ese es un carril exclusivo de ciclistas.
2) Intentaré usar la lámpara que sí alumbra y no solo los foquitos que nomás me hacen visible.

* El autor ya puede reír casi a quijada batiente, puede agacharse y anudarse los zapatos y también puede reincorporarse solo al estar acostado. Aún duerme sentado y está descartado cualquier fluido en los pulmones. Le resta esperar 24 días para intentar recuperar su vida normal.

Así quedó el casco, inservible:
casco-abollado

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