Recuperar las calles

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Con total injusticia, todos pagamos la hechura y mantenimiento de cada uno de los miles de espacios en nuestras calles donde se estacionan casi 2 millones de autos todos los días.

Las calles son de las personas. El espacio público es antes que nada eso, público, y aunque se ha popularizado usar el término “público” para las áreas en las que no se permite el acceso de automóviles, la realidad es que todas las calles y avenidas al interior de las ciudades son espacio público, propiedad de la colectividad y por lo tanto todos tienen derecho a usarlo y disfrutarlo.

Esto puede sonar muy sencillo y seguro en alguna época nadie habría podido imaginar que el 85% del espacio público de nuestras ciudades quedaría reservado para el tránsito de automotores. Durante las últimas décadas se construyó en la mente de las personas la errónea idea del derecho de los automóviles a la calle.

Toda la calle se piensa en torno a la circulación de carros: sus dimensiones son módulos que multiplican el ancho de los automóviles, su iluminación está orientada y a la altura óptima para iluminar los carriles de autos, la duración de los semáforos se calcula de acuerdo a la aceleración de un vehículo con motor, los ochaves de las esquinas se definen con el radio de giro de un automóvil, la señalética e incluso la publicidad está diseñada para ser vista desde el coche.

Con total injusticia, todos pagamos la hechura y mantenimiento de cada uno de los miles de espacios en nuestras calles donde se estacionan casi 2 millones de autos todos los días. Incluso donde se paga una tarifa por estacionómetro el costo es mínimo en relación al costo de mantener el espacio. Con total injusticia, todos –porque todos somos peatones– debemos resignarnos a caminar esquivando los obstáculos que el totalitarismo automotriz ha impuesto a nuestras ciudades, en banquetas oscuras o iluminadas a medias; cruzando calles donde nada, ni nadie, cuida que los autos respeten al peatón: usuario primigenio de la vía pública y derechohabiente natural del espacio público.

Los puentes peatonales se han convertido en el monumento cumbre a la estupidez radical con la que hemos tirado a la basura la calidad de vida de nuestros espacios públicos. El puente es una estrategia demagógica que, discriminando, busca retirar el estorbo que significan los peatones en la calle para que los automóviles puedan fluir libremente. Ningún puente peatonal puede considerarse justo, en sí mismo, representa el deterioro ético de nuestras sociedades y la aceptación resignada de la institucionalización de nuestras inequidades.

Recuperar las calles implica reconstruir la manera en que entendemos el espacio público. Implica retroceder en la historia y reconstruir todas las ideas que hoy tenemos preconcebidas sobre la ciudad y buscar rediseñar nuestros espacios públicos sin otorgarle peso al tránsito de automóviles.

Las calles deben volver a ser usadas por personas de carne y hueso. El espacio público es el punto de encuentro donde nuestras sociedades construyen inteligencia y democracia. La calidad de nuestro espacio público es fundamental para la vida plena y feliz de la gente. Y las calles siempre debieron ser para la gente.

(Felipe Reyes, de Más por Más Guadalajara)

 

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