Rodada nocturna

Rodar de noche me causaba mucho temor, no sabía exactamente a qué me enfrentaría. Me negaba cada vez que me invitaban hasta que no tuve más opción que aventurarme por la nocturna ciudad. 

Por Cecilia de la Rosa*

Viernes de quincena, poco antes de la pandemia, mi agradable rutina de oficina me permitía rodar bajo la frescura del alba que abría mi camino y regresar bajo el sol en la piel. Había planes vespertinos con mi familia: salida al cine y rematar con los consagrados tacos al pastor, pero todo fue opacado por un proyecto de última hora que debía ser entregado inmediatamente.

Mi salida se alargó pasadas las 7 de la noche, y debía cruzar la ciudad de sur a norte en mi bici. El tráfico aglomeraba cada avenida y las nubes habían descargado su furia inundando la ciudad. Sin otra opción que me convenciera, inicié mi primer aventura nocturna. 

Tomé el camino habitual, la obscuridad se hacía presente y mi recorrido irreconocible. Mi estómago comenzaba a estrujarse, intimidada era poco, el malabarismo de los microbuses por eludir el tráfico y el deslumbre de los autos me acabaron. Mi cuerpo titiritaba de escalofrío, el miedo me recorría sin poder controlarlo. Ansiosa, buscaba encontrar algún otro ciclista y sentirme acompañada, pero los ingratos desaparecían pronto del camino. Me detuve en el semáforo rojo y ya no podía más, tenía frío, mi ropa delgada daba permiso a la humedad, calando el esqueleto. Era momento de decidir, ya me encontraba ahí, sola, empapada de urbanismo, por lo que respiré hondo y muy, muy profundo. Después de un rato retomé el pedaleo, controlando la respiración. Los nervios se acicalaron, solté hombros, relajé piernas y el suburbio cedió al andar.

Descubrí en mi rostro la brisa que la tromba dejó a su paso y percibí ese delicioso aroma a tierra húmeda. Los sentidos empezaron a agudizarse y bajé la velocidad para no resbalar o caer en algún bache. Me costó trabajo hacerme ver por los autos, estoy acostumbrada a hacer contacto visual pero la obscuridad lo impedía y decidí tomar camino por calles menos transitadas. Me relajé aún más permitiéndome escuchar la herencia de la lluvia: las hojas de los árboles caídas chasqueaban a mi ritmo, generaban un sutil barullo que provocan las llantas al rodar por el suelo encharcado. Ese momento lo tengo atesorado en la memoria, hasta el ladrar de los caninos se escuchaba diferente. El cielo se iba despejando y las estrellas hicieron su rutilante aparición, la luna parecía mirarme y amablemente alumbraba el apacible rodar.  

Por mi bici corrían gotas, seguro también transpiraba, incluso percibí su relajamiento en la suavidad del manubrio. Por un momento la cadena empezó a chirriar pero no quise detenerme ahí, no muy lejos se escuchaba murmullo de gente, las luces de los farolillos avivaban el camino adoquinado, entre penumbras se veían sombras de parejitas sobre las húmedas bancas y otros caminando bajo el rocío que aún poseían los árboles, no pude evitar acercarme a ese mundo vivaz, reconociendo estar en el legendario Coyoacán. 

Las piernas las sentía entumecidas, suplicando reposo, y sin escudriñar demasiado me sentí atraída por un lugarcito de luz tenue y apariencia afable. Me senté en aquella pequeña mesa, bossa-nova de fondo, mesurado en su decoro, un chico sonriente me recibió como si me conociera, me sirvió algo muy atinadamente llamado “la gloria”: café americano con un toque de rompope y un churrito relleno de chocolate. 

Bastó para llenarme de energía y retomar mi camino; me esperaban en casa. Mi cuerpo ya pedía descanso, se sentía viscoso, vislumbraba un baño de agua caliente y ser abrazada por la suavidad de mi bondadosa cama. En poco más de media hora arribé a casa, acomodé la bici en su lugar, cubierta bajo techo, la miré recargada en la pared, parecía suspirar de alivio, extenuada y complacida. La ternura de mi familia y el calor de hogar acabaron por completar tan grandiosa experiencia. 

* La autora supera cada vez más el reto de pedalear de noche. Ha regresado a ese lugarcito, de noche y en su adorada bici, sin olvidar su impermeable. 

 

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