Rodar bici ajena (pública)

Leon-Guanajuato-bici-publica

Me subí a la bici ilusionado de rodar en ciudad ajena, en rodada pública y con compañeros nuevos. Al poco rato ya quería bajarme, botar la bici y caminar.
Siempre hay una primera vez en todo. Y esta fue la mía al rodar una bici ajena, pública además. Ya lo dije: no conocía la ciudad y rodamos de noche, dos aspectos muy entusiasmantes. A pesar de que 13 km no son muchos, me parecieron eternos y, contra mi costumbre, a menos de la mitad del recorrido ya quería que se acabara. Sin duda fue una rodada incómoda.
¿Qué pasó? La bici falló. Apenas llevaba dos metros recorridos y extrañé la firmeza de mi manubrio, la suavidad de rodar en mi bici. Creo que uno está hecho a su bici. Te subes y el manubrio y los pedales son extensiones naturales de tu cuerpo: fluyen y responden naturalmente a tus órdenes y designios. Ante un movimiento brusco o precipitado reaccionan y se ajustan. Estirar una extremidad no cuesta trabajo, mandas cerebralmente la orden y listo, no hay esfuerzo de más, innecesario.
Dos asuntos importantes. El primero: el asiento parecía un auténtico tormento de la Inquisición. A los 2 km ya me molestaba el trasero: se movía extrañamente y empezaba a rozarme la entrepierna. Era ancho e incómodo. Decidí no apoyarme mucho en él, por lo que rodé sobre los pedales.
Segundo contratiempo: a la mitad del trayecto la bici se puso pesada. No había tiempo para detenerse y revisarla, así que traté de mantener el paso de mi anfitrión, pero me costaba trabajo. Jadeaba y me esforzaba de más en esta bici ajena y pública, pobre. Después vi que los frenos se habían pegado.
Rodar una bici ajena es como ponerse una playera dos tallas más chica, apenas pasas la cabeza por la apertura y ya hiciste el primer esfuerzo, luego sientes una tela que estruja tu cuerpo, ya aprieta, ya sofoca y raspa. En las axilas percibes las molestas costuras, en el torso una incesante opresión y en el cintura se ciñe la tela contra la carne, pero sin ser contenida, más bien la grasa acumulada queda expuesta y apretujada; incomodísima sensación.
En vez de sentir que los pedales eran una extensión armoniosa de mis piernas, estos se volvieron trancas que había que pisar con fuerza para tratar de moverlas, mientras flotaba en el asiento y asía fuertemente el manubrio. Cada pedaleada era subacuática: pesada y en cámara lenta; acompañada de jadeos y resoplidos. Nada alejado de un entrenamiento pesado de futbol americano.
(continuará)

* El autor no aguantó nada. Habíase visto que rodar en una bici que no sea la suya fuera tan complicado. Cuántos no lo hacen a diario en su Ecobici, a ver, no que muy gallito.

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