¿Scorcher? Ciclistas atrevidos y veloces

En Denver así convivían a finales del siglo XIX carruajes y bicicletas.

¿Y EN MÉXICO?

En México, por esas mismas épocas así fue la historia:

En 1896, Ángel de Campo, quien firmaba como Micrós, fue el primer cronista que recorrió la ciudad en bicicleta: halló una urbe hecha para las herraduras de los caballos.

Nada cambia: Micrós descubrió que a la bicicleta la odiaban los pedestres, indignados de que les sonaran el timbre o les pidieran el paso.

Descubrió que a la bicicleta la odiaban los cocheros, que dejaban ir la calandria o azuzaban los caballos, como para “apostar carreras”.

Encontró que a la bicicleta la odiaba la ciudad, cuyo pésimo alumbrado procuraba baches y otras trampas mortales para los ciclistas.

Notó que a los heraldos de la velocidad, la gente les aventaba piedras y gozaba con fruición ante las caídas, y los perros enfurecían con las dos ruedas.

Y sin embargo, la bici causó furor. Salvador Morlet le dedicó la polka más famosa del porfiriato, titulada: “Las biciletas”.

Todos olvidaron “su caballo y su albardón”. Nada como “pedalear con furia hasta que volaban las cintas de la gorra, pidiendo paso a gritos”.

La bici, escribió Micrós, era ideal para dar alcance a deudores morosos y huir de los charlistas que robaban el tiempo a lengua armada.

La bici terminaba con los zangoloteos y el olor a sudor y a zapatos del tranvía. ¡Qué tiempos señor don Simón!

— (Tomado del libro Ángel de Campo, crónicas compiladas por Héctor de Mauleón y editadas por Ediciones Cal y Arena)

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