Soy, luego pedaleo

SirRichardAttenborough

¿Y por qué vuelvo a la bici? No sólo para llegar a un lugar o para salir de uno. La bici no sólo es el modo de transporte: es mi respuesta. La rutina es precisa: bajarla del rack, llevarla por el estacionamiento de automóviles, salir por la puerta de personas, tomarla del manubrio, alzar una pierna para posar las nalgas en el sillín y dar la primera pedaleada.
A partir de ese primer esfuerzo el resto del mundo se va o más bien se queda atrás y yo me meto en mí. Todo en mi cabeza se evanece: no hay rencillas, no hay estrés, no hay pasado… sólo mover las piernas, avanzar, rodar por el pavimento y acercarme a mi destino.
Asirme al manubrio es transportarme no sólo físicamente, es moverme a un estado de conciencia alterado y diferente. Es concentrarme en mí, en mi seguridad, en mis centímetros cuadrados de piel, en todo lo que cubre mi pelaje. Soy, luego pedaleo.
Voy por las calles, avenidas, vías rápidas siempre alerta, me cuido más sobre la bici que cuando desciendo de ella… algo tendré que aprender. Mis ojos hacen contacto con los ojos de los conductores que van a cruzar, miro por el espejo lateral para toparme con sus miradas, las busco, no los reconozco, pero envío el mensaje de que ahí voy. No se chiflar, me resta mirar, mover la mano, alzar la voz. Es un ritual que me salva, me protege, los pone alerta de mi presencia en dos llantas de goma y un cuadro de aluminio con tijeras de fibra de carbono.
Voy detrás de ellos, pero no soy su guardaespaldas; pasaré junto a ellos, no soy su acompañante; se quedarán detrás, no son mis súbditos. Vamos yo y mi bici, dejo una estela de pensamientos a mi paso.
Es sobre la bici que me rindo a mi placer más primitivo: ser yo mismo. No hay que pagar cuentas, no hay que entregar reportes. Hay que respetar las leyes y, sí, a veces, no todas. Soy imperfecto.
Mientras ruedo, la mente se queda en blanco, no pienso en nada, no puedo, es tan sofisticada la máquina cerebral que se aboca a mover las piernas y a extender la mirada al horizonte, cuidándome de no distraerme con algún reportaje, con algún título, con algún pendiente, con nada. Voy con la mirada y el ímpetu puestos en el futuro inmediato.
Y sí, a veces interactúo con los enlatados, sobre todo cuando cometen tropelías de movilidad, por ejemplo, pararse en tercera fila para dar vuelta… (de veras que los hay). Y ahí está parado el coche, con las llantas torcidas a la derecha, trae el vidrio abajo, lo veo, lo mido, lo calculo, paso a su lado y le digo: “Burrrrrro”. Paso como un fresco oleaje en medio del tráfico pesado. Se queda atrás y a los pocos segundo responde, como buen asno, con una mentada de madre desde su claxon. Demasiado tarde, ya te quedaste atrás y otros como tú te tocaran la misma melodía. Me río, me divierte, soy feliz en mi bici.
Y llego al destino, desciendo, toco tierra. Soy yo –mi otro yo–, el atribulado, el que tiene responsabilidades, el que debe resolver pendientes, terminar reportajes, poner títulos y sentarse a la mesa a comer y platicar. Y desde ese ventanal veo la bici y ya la extraño.

* El autor ha descubierto esa otra personalidad que tiene al mando de la bici. La disfruta y la frecuenta tan a menudo como puede… a veces sólo por el placer de sacarla a pasear.

 

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