Un chef en bicicleta

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«No me rajo, le doy recio cuando se precisa», me dijo mientras pedaleaba con toda calma. El cielo tronaba y las nubes estaban regordetas y grises. A él no le apuraba el viento húmedo, se sentía bien cubierto con la bolsa de basura que adaptó como chaleco contra el chubasco.
Su bigote ralo y blancuzco delataban su edad, el físico era más bien regordete, pero macizo. «Soy chef… en una cocina», hablaba a gritos. Aunque no era necesario. Lo emparejé porque me llamó la atención su paso lento y su escudo contra la lluvia. La ciudad estaba extrañamente calmada en Insurgentes a la altura de Álvaro Obregón a las 6pm.
«Desde los tres años ando en bici… uy, joven, si yo le platicara… si esta bici hablara… Andábamos llegando a la frontera», me seguía gritando. Pensé que tendría un problema de audición.
Su bici era de ruta, con una sola palanca de cambios. La baika se parecía a su dueño: desvencijada y maltratada por el trajín. Un toque muy mexicano en el vehículo era la parrilla de atrás: con cámaras de llanta para atar bultos.
«Voy a la Santa María la Ribera… vengo pedo… voy a echarme otras chelas», continuaba vociferando. De no ser por los gritos, no habría percibido su borrachera. Rodaba seguro, sin cometer burradas, atento a los coches y peatones al paso.
«No voy a descansar… voy a seguir chupando… vengo de la Del Valle… ya casi llegamos…», hablaba con pausas no generadas por el cansancio. Sentí que me lo decía como si continuar la peda fuera un castigo, una autoimposición desagradable e inaplazable.
Ni su sonrisa franca ni sus ojos atentos daban señales de embriaguez. Cuando me dirigía la palabra no volteaba a verme, mantenía la vista al frente y no se distraía. Solo los gritos daban señales de algo raro.
Un taxi, adelante de nosotros, se detuvo para bajar pasaje. Rebasé por la izquierda, él, más cauto, se frenó y esperó a que el tripulante terminara la operación: pagar, recibir cambio y bajar del tsuru. Ahí lo perdí. Los dos íbamos a dar vuelta en San Cosme; ya no lo vi más.

* El autor también ha rodado con sus chelas encima. No gritó, ni platicó, más bien rodó solo y se ensimismó: eran la hora las 4am y pedaleó 12 km, suficientes para desandar el camino que las chelas habían ya rodado.

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