Vivir en bici

 

Esta imagen, de Aarón Borrás, refleja el placer de rodar por la ciudad de México.

 

Por Oso Oseguera*

“Al paraíso no se puede acceder en automóvil”

Francisco Vélez Nieto

 

Los Reyes Magos nunca me trajeron una bicicleta. La pedí innumerables veces y, creyendo que no cabía debajo del árbol de Navidad, la buscaba en el patio.

Durante mi adolescencia conseguía bicicletas prestadas. Mi padre, un hombre de convicciones, decía: “Son peligrosas”.

Con el primer sueldo compré mi propia bicla. La usé intensivamente: iba de Lindavista a Anzures, pedaleando para llegar al trabajo. Abruptamente y contra mi voluntad la dejé: un camión de Ruta 100 me dio un empujoncito. Pasaron más de dos décadas para que volviera a tener una.

La bicicleta y yo vivimos una abrupta separación. En tanto, la ciudad se fue transformando en la mole que hoy vivimos. Cambié a otros medios de transporte: transporte público, motocicleta, auto. Ninguno provocó en mí la sensación que me dan dos ruedas, dos pedales y un manubrio.

En 2010, me reencontré con la bicicleta en San Francisco, California, donde viví seis meses mientras estudiaba. Me la vendió el casero en 30 dólares. La rescaté del sótano, donde estaba arrumbada. Cuando la saqué a la calle, tenía las llantas podridas y la cadena oxidada. Hubo que darle mantenimiento.

Mi compañero finlandés, un experto en bicicletas, la apodó: “Soviet tank”, por pesada, vieja y poco ergonómica. Yo no me quejé de su aspecto, de su pesadez, de su color verde. El se movía en una Cannondale, de fibra de carbono, con frenos de disco y ligera como una mariposa. Aún así le hice ver su suerte varias veces en las colinas empinadas de la ciudad.

El reencuentro con la bicicleta fue feliz. Una vez reparada, no dudé ni un instante en sentarme, asirme al manubrio y comenzar a pedalear. Estaba “volando” otra vez. Había vuelto una sensación casi olvidada.

Montado en ella, reviví las mismas emociones de aventura de la infancia: el vértigo y la adrenalina que acompañan a la velocidad, la placentera sensación de ir en bajada contra el viento y ese hormigueo y calor repentino por sentirse libre.

Curiosamente antes de volver a México tuve dos compradores de la “Soviet tank”: el casero y mi compañero finlandés. El primero quería pagar menos de lo que él mismo pidió cuando me la vendió. Así que la regalé al segundo.

Decidí que regresaría a México con una bicicleta. Probé tres diferentes marcas antes de comprarla: Bianchi, Raleigh y Specialized. En la primera sentí que el pavimento era suave y que la vida era tersa; en la segunda, la comodidad se impuso y el estilo se distinguía; y en la tercera, se combinaron bien todos estos elementos.

Regresé a México con bicicleta nueva: una Specialized híbrida, con salpicaderas, sillín ergonómico y un ímpetu irrefrenable por rodar en la ciudad de México. Le llaman híbrida porque tiene llantas más anchas que una de carreras, tiene manubrio de bicicleta de pista, frenos de descanso y no es pesada ni tosca como una de montaña. Ideal para la ciudad de México, pensé. Además, el precio era justo lo que mi presupuesto podía cubrir.

La vida en bicicleta no pasa más rápida, es más intensa, mejor. Conducir una es un acto mecánico, como correr. El cuerpo genera adrenalina, el ritmo se torna trepidante y la mente está serena, queda liberada, suelta. Así, la introspección brota al segundo pedaleo. No hay escapatoria, quedas contigo y, si acaso, música de fondo. Esos son momentos para resolver la vida, el trabajo, el amor, el desamor.

John F. Kennedy dijo: “Nada se compara a un sencillo paseo en bicicleta”. Y es que el velocípedo aporta aires de libertad. Montado en ella, todo rueda entorno a ti. Es egocentrista, hiperventilante y generador de alegrías. La bici es, también, un medio transporte del estado mental.

Con arrojo, me lancé a las calles disparejas de la ciudad de México. Nada me atemoriza. Hoy vivo enamorado de mi bicicleta, que me da el goce de otra pasión: la música. Hacer listas de canciones en el ipod me emociona; a veces canto mientras pedaleo. La música y la bicicleta me hacen feliz, pleno, independiente. Me siento seguro y en mi mundo. Aunque también hago corajes con los conductores inciviles. Además ahorro dinero, aunque no tenga el confort y seguridad que da un automóvil.

La ciudad de México será segura para el ciclista cuando hayamos más personas montadas en bici. A la hora del tráfico se perciben los motores encendidos de los autos ‘varados’, el sonido que producen las llantas de la bicla sobre el asfalto te acompaña todo el tiempo, y sí, a ratos hay que dar bocanadas de gases que expulsan los vehículos.

Nada se compara con ver a la distancia a dos autobuses en paralelo. El espacio se estrecha, se alarga. Calculas que no se moverán o que conservarán su espacio. Cambia la luz del semáforo, inicia el recorrido entre los camiones, te cubre de sombra, los flanqueas y pasas redimido, ante la mirada sorprendida de los pasajeros. Así vas por la vida en bicicleta y en la ciudad.

Los cinco sentidos también viajan contigo. Hay que cuidarse de los que descienden del taxi, abren la puerta como para salir huyendo. Hay que sentir el camino: los hoyos, el pavimento maltrecho, la coladera sin tapa, el charco de días, al bicho en plena cara. Hay que vigilar al peatón, que quiere ‘torear’ al ciclista, y a las señoras en camioneta, que no frenan. Hay que ver, escudriñar en el auto de enfrente si alguien quiere bajar, hay que establecer contacto ocular –a través del espejo lateral– con el conductor del vehículo. Hay que voltear a ver con delicadeza a la muchachita de vestido escaso, hay que devolver suave la mirada a quienes ceden el paso. También hay que oler, hay que envolverse en los aromas a cilantro y cebolla de los puestos callejeros a la orilla de la banqueta o el penetrante e inconfundible olor a chorizo recién asado. Hay que escuchar los estados de ánimo que brotan de los autos: los hay escandalosos, noticiosos, bulliciosos, de banda, de romance, de trombones y hasta de mariachis. Hay que probar el sudor que baja por la cara, el agua de lluvia y el agua puerca que te salpicaron.

Y aún quedan más emociones, aún me queda la avenida Insurgentes vacía y dispuesta a ser llenada con mis pensamientos.

 

* El autor va por la vida captando olores, conversaciones y postales mientras se traslada de un punto a otro en su bírula. Le dicen que se quite los audífonos, pero en algo tendría que traspasar los límites. Eso cree él.

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