Andar en bici no es ciclismo

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Uno de los temas que traba el crecimiento del uso de la bicicleta como medio de transporte por parte de la población en general es que la bicicleta es vista como una forma de hacer ejercicio físico y no meramente como un medio de transporte. Llevado esto al extremo, gran parte de la población de países como los nuestros, aun anclados en la cultura del automóvil, perciben a los que andamos en bicicleta casi como atletas extremos, enfundados en ropa sintética, con casco y zapatos especiales, viboreando a altas velocidades entre los automóviles, al borde siempre del accidente fatal. De hecho, gran parte de los “abogados” de esta noble causa responden a ese arquetipo, con el cual espantan a la mayoría de la gente, que sólo se podría interesar en la bicicleta por sus funciones prácticas en el tránsito cotidiano y no por sus usos deportivos.
Es como si profesionales del running intentaran convencer a la gente acerca de las bondades de andar a pie. Está muy bien que el corredor ame su deporte y que el ciclista disfrute del aspecto deportivo de la bicicleta, pero convengamos que esa no es una buena técnica de marketing.
Esta mirada de la bicicleta como ciclismo, o sea como ejercicio, en lugar de como modo de transporte, fortalece la creencia de mucha gente de que, además de los riesgos que el que la utiliza encontrará en la calle, llegará al trabajo o al estudio o a cualquier otro destino urbano completamente transpirado. Por lo que, encima, nos encontraremos con el engorro de tener que llevar con nosotros una muda de ropa y encima ducharnos al llegar a destino. Tanto es así, que en algunas ciudades norteamericanas se alienta a las empresas a que pongan duchas y lockers para sus empleados que se transportan en bici.
Todas estas cosas no hacen más que reforzar la idea de la bicicleta como deporte.
En las ciudades europeas en donde la bici se utiliza masivamente, hasta para ir a una noche de gala en la Ópera, no hay duchas ni lockers en ningún lugar. Para los daneses, holandeses, suecos o alemanes que viven en ciudades completamente ciclables, la bicicleta no es una forma de “quemar calorías”, sino simplemente una “forma más rápida del pedestrismo” y la forma más veloz de moverse de un punto a otro de la ciudad, además de casi tan económica como ir caminando. Es una cuestión de conveniencia, práctica y concreta, y no una abstracta cuestión de salud personal o de calentamiento global.
Otra traba a las políticas de difusión del uso de la bicicleta en nuestras ciudades son los hábitos “automovilisticos” acendrados en la consciencia de la gente, incluso de los que no tienen auto, incluso de muchos ciclistas… El automóvil sigue siendo el paradigma del tránsito y, en última instancia, para él se hacen los trazados urbanos, las reglas y las creencias. Por ejemplo, se “obliga” al que anda en bicicleta a mantenerse en el extremo derecho de la calzada, pegados a los autos estacionados, sometiéndolo al enorme riesgo de la apertura sorpresiva de puertas.
Y cuando se construye infraestructura para la bicicleta, se lo hace de acuerdo al paradigma automovilístico, sin repensar el tema desde cero, como debiera ser. La bicicleta no puede ser una “colada” a la fiesta del automóvil. Para implantar infraestructura ciclista hay que plantear las cosas del tránsito desde una nueva perspectiva, considerando a todos los actores en un pie de igualdad en cuanto a derechos y obligaciones.
Estas creencias suelen llevarnos a decir que “no hay lugar para agregar otro protagonista del tránsito en ciudades atestadas de automóviles”, de calles angostas.
Sin embargo, basta ver el ejemplo de las ciudades europeas que mencionamos antes, muchas de ellas con trazados medievales de callejuelas angostas en el centro, lo que no ha impedido que hoy por hoy la bicicleta se haya instalado como el principal medio de transporte, liberando espacio. Muy por el contrario, las ciudades del continente americano tienen calles y avenidas mucho más amplias que las europeas, con lo cual es obviamente más fácil encontrar el espacio necesario para la bici. “No tenemos espacio para la bicicleta” es una frase que debería estar prohibida entre los diseñadores del tránsito urbano. El espacio está ahí. Hacer ciclovías es posible, y algunas ciudades norteamericanas como Chicago (hasta hoy paraíso del automóvil) lo están demostrando.
De modo que, ¿cómo hacer que el ciclismo sea conveniente y seguro? Una de las claves son los programas de bicis compartidas que florecen actualmente en muchas grandes ciudades. Eso más ciclovías. La gente hace primero una experiencia, toma una bici para un trayecto corto y circula por las ciclovías. Si la experiencia fue buena y el resultado conveniente, es altamente probable que esa persona termine a poco comprándose una bicicleta y usándola de manera cotidiana, liberando a la calle de un automóvil y/o dejando su asiento libre en un medio de transporte público
Nuestras ciudades no deben reinventar la rueda, solo deben imitar lo que las ciudades europeas ciclables han hecho. Sin olvidarnos que lo han hecho en un espacio mucho más estrecho que el nuestro y “contra” una cantidad de automóviles inmensamente superior a la que circula por nuestras ciudades.
(Por Mario García, de Biciclub.com)

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