Bici lastimada

Era un día trascendental para Fabiola, su proyecto debía ser expuesto a primera hora, tenía mucha prisa por llegar y el despertador, poco compasivo, se quedó dormido.

Por Cecilia de la Rosa*

También conocida por sus alumnos y buenos amigos como Conchita, de carácter vivaz, destacada personalidad y siempre entusiasta, la profesora imparte clases en un reconocido instituto ubicado al sur de la Ciudad, sobre avenida con gran afluencia vehicular y abundante vulgo. Cotidianamente algunos de sus alumnos la reconocen bajo su disfraz ciclista y le saludan lisonjeros desde su auto…

“Desesperada por salir, deseando que nadie entorpeciera mi paso, prendí mi mochila a la espalda, siempre opulenta de accesorios, objetos personales y mi inseparable macbook, por poco olvido el casco, los guanteletes los había depositado la tarde anterior dentro de él. Cargué mi inseparable bicicleta plegable, el elevador no estaba disponible para mí en ese momento, decidí surcar las escaleras de cuatro pisos y pronto arribé al vestíbulo, desenredé la bicicleta y eché andar las piernas, atropellando a las tinieblas en la travesía. Las luces, mi chaleco y casco fluorescentes avisaban a la madrugada mi incursión en el camino.

Vivo muy cerca de mi cotidiano destino, a no más de 25 minutos, pero ya no había más tregua por parte del implacable reloj. El espeso tráfico entorpecía mi ventura y algunas obras de repavimentación buscaban alargar el recorrido, pero un providencial atajo solapó mi ruta, para ganar velocidad y así burlar al tiempo.

Mi excursión casi finalizaba, estaba a sólo unos metros de echar anclas en mi destino, era momento de decidir; ir por la banqueta era muy buena opción pero empezaba a inundarse de pupilos, volví la mirada y al ver el carril de contraflujo vacío, exclusivo para transporte público, me confié de su soledad haciéndolo mío. Al visualizar la cercanía de la puerta de ingreso aceleré un poco más.

Ese día, un automovilista, papá de alumnos míos, se había retardado en encaminar a su hijo al instituto, permitiendo que el destino nos cruzara por el mismo sendero y sin precaución alguna, sin intermitentes, volanteó bruscamente mientras rodaba próximo a él.

Mi atención estaba incrustada en el acceso y, en un parpadear, se abrió la portezuela del auto, impactándose la llanta delantera de mi bici. Ya era tarde para estrujar los frenillos en el manubrio, el choque me hizo frenar de golpe, mi cuerpo cedió al encontronazo, sobrevolando olímpicamente la portezuela. El peso de la mochila ejerció más potencia impulsándome con mucha más fuerza. Caí de cabeza sintiendo el encontronazo del casco sobre lo pedregoso del pavimento. Mis manos desnudas, ya sin la protección de los guantes deshechos por el impacto, no lograron detenerme; seguía arrastrándome la inercia, mis rodillas se entrometieron, para frenar por fin.

Todo quedó sordamente silencioso, el piso acariciaba mi rostro, la mochila aferrada a mi espalda parecía abrigar mi infortunio, las manos hervían y el dolor se hizo presente. Intenté incorporarme pero sólo logré girar y sentarme, al reaccionar pensé que sólo me había caído de la bici.

Algunos mirones de cara conocida intentaron auxiliar, pero sus consternados semblantes delataron la gravedad del accidente haciéndome voltear hacia mis inmóviles piernas; se encontraban cubiertas de sangre, mi rodilla derecha estaba destrozada y, más abajo, se alcanzaba a asomar la tibia”.

Fabiola comenta que ha sido una de las pruebas de vida más grande que le ha tocado enfrentar, nunca se había visto tan lesionada, haberse puesto el casco definitivamente la salvó de una lesión inimaginable. No libró la cirugía de rodilla, dejándola tres meses tumbada en su cama y otros tantos más de torturante terapia para volver a caminar.

Ha pasado año y medio de esta experiencia, Conchita, con gran tenacidad, se levantó mucho más aguerrida, imponiendo su gran pasión por la vida y ansiosa por montar su recompuesta bicicleta plegable. Rueda con mucha precaución, protegida de pies a cabeza, incluyendo un llamativo cubrebocas, esperando que la pandemia ceda para volver a escuchar a sus adorados alumnos saludándola desde sus autos.

Fabiola continúa dando clases de manera virtual a sus alumnos, es comunicóloga y propietaria de una agencia de comunicación con sentido humano que por la dignidad de las personas.

* La autora abre los ojos atenta a estas historias de superación y valor femenino y ciclista. Las recupera y nos las ofrece para jamás rendirnos.

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