Bici y columpio

Por Oso Oseguera*

“Con un vaivén de olas que mecen una barca/ me movía en el viento, levedad de algodón…”, dice el poema de Olga P. Y me hizo recordar la bici. Ah sí, todo en mí gira entorno a ese vehículo de dos ruedas y manubrio.

Y pensé, ¿en qué se parecen el columpio y la bici? En mucho. Una vez que aprendiste a columpiarte, jamás lo olvidas. Quizá la primera vez alguien te empujó o sostuvo las amarras o cadenas del columpio y te soltó y te volvió a empujar. Y luego, una vez develado el misterio de la autopropulsión, mandabas los pies al frente y la imaginación más allá de donde llega tu vista.

La sensación de casi volar, de ir y venir, de subir y bajar se acomoda en el plexo. Pero la cabeza se va, se siente esa emoción de libertad, de ir sin ataduras, de libertad de acción física y mental. Hay una liberación del ser que comparten la bici y el columpio.

Dice Fabio Morábito: “… no se investigan nuevas formas de columpios,/ no hay competencias de columpios,/ no se dan clases de columpio,/ nadie roba los columpios…” Aquí yacen algunas grandes diferencias del columpio y la bici, pero no importa, porque al final nos queda esa simpleza de ir suspendidos en el aire, de sentir la brisa, perfumada o no, que roza el cabello. Rodar o columpiarse no conocen la violencia ni el dolor.

Viajar en bici. Pasa la dama, atrás queda la tienda, se aproxima el puesto de tacos, me zumba el taxi, me llega el fétido olor de la coladera, percibo la rugosidad y disparidad del pavimento, cambia de luz el semáforo, escucho el rodar feliz de mi bici… Y mi mente se desata, se desliza a otros confines.

Volar en columpio. Los pies adelante, la cabeza atrás, la pared cacariza, mariposas en el estómago, la ventana de la tía, la nube gorda, la copa del guayabo… la inmensa alegría que se desborda por los ojos.

Ir en bici o columpiarse es sentir el viento que nos falta, es llenar los huecos del cuerpo interno, es vivir entre pedaleos, balanceos y silbidos musitados solo a quienes se suben a su mágico vehículo.

Soñar despierto, también le dicen, vamos en nuestro vuelo, contando almas, contando estrellas, alcanzando anhelos, deshojando el tiempo.

* El autor tiene años de no columpiarse. Ahora percibe cierta nostalgia. Lo que quita el columpio, no lo da la bici… así que en su próximo paso por un parque cumplirá el rito del balanceo en el aire.

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