¿Cómo hacemos para ver a los ciclistas?

“La bici es una escritura, con frecuencia una escritura libre y hasta salvaje”

Marc Auge, Elogio de la bicicleta

 

Ni los hebreos tuvieron tantas dificultades para cruzar el Mar Rojo como un ciclista para cruzar Calzada de Tlalpan, porque lo menos que espera un conductor es que una bicicleta pase frente a él.

La ciudad de México cuenta con 75 km de ciclovías, así mismo ha generado diversos manuales para el uso urbano de la bicicleta, eventos de concientización, y creado el Transporte Multimodal el cual permite que fines de semana y días festivos la bici viaje en Metro y Metrobús. La iniciativa de la “Ley de Movilidad para el Distrito Federal”, impulsada por la diputada Laura Ballesteros, permitiría impulsar todavía más el uso de este transporte alternativo.

Pero contar con marcos a favor de la bicicleta no es suficiente, hace falta que en la práctica estas disposiciones movilicen de verdad. ¿Cómo puede lograrse? Con una cultura ciclista. No se está pensando en “cultura” en su sentido solo de gustos o valores. Según Claude Levi-Strauss, la cultura es un conjunto de signos que son interpretados de manera similar por los miembros de un grupo. Una “cultura ciclista” implica saber leer correctamente cuando una bicicleta sale al paso en una calle.

La experiencia semiótica con la que contamos en LEXIA, recientemente consolidada con nuestra herramienta Espejo Semiótico,[1] nos permite detectar la importancia de los signos en distintos segmentos poblacionales, en particular el universo femenino. Pero la semiótica también es relevante para la movilidad capitalina, ¿por qué?, porque la bicicleta es un signo que pocos saben leer.

Encontrarse con una bici por la avenida, mientras uno conduce un automóvil, crea tanta consternación como cuando, leyendo Aura, de Carlos Fuentes, un lego en el francés se topa con la expresión “Ah, oui, ga me fait plaisir, toujours”. Sencillamente no sabe qué significa. Ante una bicicleta el buffer visual del conductor le suele generar el output: “¿qué diablos es eso?” “¡vaya! un estorbo”, e incluso un descarado “¡yo soy más poderoso! y debo demostrarlo acelerando o tocando el claxon.”

En la hermenéutica vial, una bicicleta es como una palabra desconocida que debe, por salud mental, ser pasada por alto, como ocurre cuando nos encontramos palabras incomprensibles en una lectura. Pero leyendo Aura no pasa nada si me brinco “Ah, oui, ga me fait plaisir, toujours”, igual llegaré a la escena del gato. Pero en las calles de la ciudad, esta economía hermenéutica de los conductores pone en verdadero peligro al signo pedaleante.

Lo que menos se espera un conductor es que una bicicleta pase frente a él. Cuando uno como ciclista transita por las calles y avenidas de esta gran ciudad le es fácil percibir lo extraño que resulta a los ojos de los demás. Uno tiene el perenne sentimiento de “¿será que no debo estar aquí?”. Para la antropóloga Mary Douglas, los objetos peligrosos, impuros y con necesidad de eliminarse son los que adquieren el rango de “materia fuera de lugar”. Para la mayoría de los conductores del Distrito Federal, la bicicleta es algo que no debiera estar ahí.

Para los peatones la bicicleta tiene poco respeto, pues leen ese signo como “no es tan peligrosa como un automóvil”, “seguro sí le gano el paso”. Debe decirse que la bicicleta puede lastimar y que éstas corren a velocidad muy variada llegando incluso a superar los 30 km/h, lo suficiente para provocar un grave accidente.

Un ciclista también realiza su propio ejercicio semiótico, debe saber cómo leer los signos de su entorno. En general lee mejor, porque lee por supervivencia. El input microbús, generalmente tiene el output “mejor me freno y subo a la banqueta”. Pero lo más complicado son los lugares de ambigüedad, donde uno no sabe si actuar como ciclista, como peatón o como automóvil.

Ni los hebreos tuvieron tantas dificultades para cruzar el Mar Rojo como un ciclista para cruzar Calzada de Tlalpan. ¿Soy automóvil y debo usar el paso a desnivel con muchos baches, lleno de vidrios y curvas en plena subida cuando no me ven?, ¿soy peatón y debo usar los andadores llenos de gente a la que corro el riesgo de golpear con mi bicicleta a cuestas? Son muchos los lugares en la ciudad donde un ciclista no sabe si usar el arroyo vehicular o la banqueta, y en cualquiera de los dos aparece como materia fuera de lugar.

Se insiste en que el problema no es solo urbano, y que la ciudad está dando muy buenos pedaleos para favorecer una mejor infraestructura pro bicicleta y sensibilización ciudadana. Pero de poco servirá si esto no va acompañado con una alfabetización que equipe, a peatones y conductores del know how para interpretar correctamente ese signo ligero y feliz, aquella palabra con acento de democracia y salud llamada bicicleta.

(Por: Raúl Méndez, @rulwolf, Animal Político)

 

* Raúl Méndez Yáñez es Investigador Insighter de Innovación y Desarrollo en LEXIA; Licenciado en Antropología Social con especialidad en cultura por la Universidad Autónoma Metropolitana Iztapalapa donde obtuvo la Medalla al Mérito Universitario, cuenta con estudios de hermenéutica y semiótica en el Seminario Teológico Presbiteriano de México. Desde 2009 desarrolla y coordina proyectos antropológicos y etnográficos sobre transformación cultural.

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