Día de huesos

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Era un día atípico, sin duda. Por la mañana, un doctor me visitaría a domicilio para hacerme un check-up para un seguro de la empresa; por la tarde, cita con el osteópata para recoger una receta en la que él avalaba que después de la operación de la hernia discal había quedado en óptimas condiciones para moverme en bici. Entre uno y otro doctor compré mi deseado colga-bici para ponerlo en el estacionamiento, frente a mi coche. Estaba muy ilusionado con el artefacto y cómo luciría mi bici.
Cumplí a cabalidad con todos mis compromisos. El primer doctor me hizo toma de sangre, se llevó la primera orina de la mañana, me hizo un electrocardiograma y me tomó una radiografía del tórax. El osteópata me revisó, detectó una ligera escoleosis corregible con ejercicios y me dijo que estaba en perfectas condiciones para rodar. Escuché justo lo que quería y me hizo sentir más seguro.
Así que por la noche tomé mi bici y me fui a la Condesa a la reunión con dos amigos. Estaría un rato para luego encontrarme con otros amigos en la Roma. Asistí a la primera cita, tomé un par de copas de vino y una de tequila, cenamos y departimos. De 19 a 22 horas. Una copa por hora. Salí de casa de este amigo y me dirigí por la flamante ciclovía de Nuevo León hacia la Roma Norte. A la altura del Parque España, antes de llegar a la gasolinería estaba un taxista invadiendo el carrilbici. Me salí del camino resguardado para eludir el auto y al tratar de reincorporarme algo sucedió.
Estaba en el piso, boca abajo, me costaba trabajo respirar. “No te muevas, no te muevas”, me decía alguien de zapatos puntiagudos color beige y pantalones rojos. No podía alzar la cabeza. “¿Estás bien?”. Sí, no puedo respirar bien, pero nada más. Él es doctor, decía alguien a quien no le veía ni la punta del zapato. “Tienes sangre en la cara…”. Uta, me preocupé, qué carajos pasó, pensé. “Ayúdame a incorporarme”, le dije. “No, no te muevas. Quédate quieto”, me recomendó. “La sangre no es de la cabeza, viene de tu nariz. Se te encajaron los lentes, pero no es serio”, me dijo la voz de los zapatos beige. Uff, menos mal, pensé. Saqué el celular para llamar a mis amigos con los que me encontraría. Les avisé que me no llegaría y que necesitaba de su ayuda. Al poco tiempo llegó un patrulla. Los zapatos puntiagudos color beige con pantalones rojos se retiraron. No sé si les agradecí su ayuda. Los polis me ayudaron a reincorporarme. Me sentaron en la banqueta, pero me resultaba más complicado respirar, así que rápidamente les pedí que me pasaran a la banquita que estaba a unos pasos. Uff, aquí estoy mucho mejor. Llamaron una ambulancia y me treparon. Me llevaron a un sanatorio particular. Después de las radiografías se acercó el médico en turno y me dio el diagnóstico: “Buenas y malas noticias. Te rompiste cinco costillas, esa es la mala, la buena es que no se perforó ningún pulmón ni están fuera de su sitio. Y como no te duele nada podrás dormir en casa y no pasar la noche acá en el hospital”, dijo con absoluta seriedad.

* El autor narra su primera caída grave de consecuencia no tan severas. Duerme sentado, no ríe porque le duele el tórax, y no se agacha porque siente que le han puesto una piedra ‘pipilezca’ en el lomo. La vida va lenta, por ahora.

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