El cambio

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Me subí a la bici y lloré. Pedaleaba y lloraba, me costaba trabajo mantener la visibilidad, pero no quería dejar de rodar. No estaba triste, ni afligido, ni subyugado, solo me vino el llanto, como a quien le vienen ganas de bailar, de comer, de dormir. Era una necesidad insatisfecha. Y entonces para mantener el flujo del llanto sí recurrí a episodios tristes y felices. Recordé a mi padre y sus últimos días, recordé a mi abuela materna –aún viva– y las cosas tan lúcidas y maravillosas que me dice. Sabia mujer de campo.
Rodé, lloré. La gente en los semáforos me veía, algunos se compadecían otros simplemente me ignoraban. Rara estampa la de un ciclista en lágrimas. Pero mis irrefrenables ganas de llorar no se acababan, parecían nutrirse del pedaleo, de la cadencia ciclista que llevaba. Me dirigí al Bosque de Chapultepec para caminar entre los árboles y encontrar la serenidad y mi propio espacio en esta ciudad.
Así que mantuve el llanto y la atención muy a flor de piel. Llegué al Bosque, encadené la bici y me lancé a caminar por entre los árboles, alejado de la vereda y de las luces. Entonces pude hallar calma, paré de llorar, dejé de sentirme a mi mismo. Ya era como otro yo, uno diferente, como un amigo de mi propia persona que me miraba, me ponía atención y me aconsejaba. Así estaba yo por entre los árboles. Ni el fresco de la tarde, ni el viento entre las hojas, ni los pasos de los corredores me distraían. Estaba ahí, conmigo, como pocas veces, pero con una sensación de sentirme acompañado de mi mismo. Raro. Sabía que no permanecería mucho tiempo entre los árboles. Ya quería volver a la calle, a la bici. El llanto se había ido, pero me había dejado satisfecho aunque vacío. No sentía nada, no quería nada más que volver a la bici y ver ponerse el sol.
Desanduve el camino arbolado y el tráfico ya estaba en su punto de locura: todos querían volver a casa lo antes posible. Desencadené la bici. De vuelta al sillín, a rebasar autos, a ir por ente el carril y sentir el viento y escuchar las radios de los “enlatados”, diversión garantizada.
Llegué a casa. Vi a mi mujer, la besé en la boca y me dijo:
“Y, ora, ¿qué beso es ese, tú?”
Le tomé el rostro, le guiñé un ojo y le dije: “Soy otro yo”.

* El autor está viviendo un cambio trascendental.

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