El sentido de rodar

Este texto fue pensado originalmente para hacer un videoclip, pero luego tuve la idea de extenderlo. Este es el resultado.

Por Oso Oseguera*

Cuando no ruedo, también pienso en mi bici. Cuando voy en bici, prefiero hacerlo solo. Voy a mi ritmo, por mi ruta, con mis pensamientos y mis ideas. Me dirijo a mi destino, contento de rodar, de no ir encerrado en una lata. Y cuando vuelvo a casa, pedaleo calmo, regreso a oscuras, cada noche hago el camino a mi modo.

Ruedo entre coches, entre árboles, entre contaminación, entre tristezas y alegrías. Entre infiernos y paraísos, entre otros ciclistas, que sí saludan, otros que no. Voy cerca de la banqueta, pero no muy pegado. Hago del carril mi refugio, hago de mi bici una coraza.

No ruedo solo, voy con mi bici. Voy lejos, voy cerca, no importa, vamos juntos. Miro los autos, el mundo tiene que cambiar, no pueden perder tanto tiempo encerrados ahí, todavía tienen salvación, aún están a tiempo de llegar a una playa solitaria, a un sitio en paz.

Rodar no es un pasatiempo, es una manera de llevar la vida. Algunos ruedan los fines de semana; yo ruedo diario. Es mi modo de transporte. Y sí, tengo auto, pero lo uso muy poco, prefiero mi bici, prefiero mi soledad rodeado de claxonazos, de aromas de puesto de banqueta, de calles disparejas.

Sí, he rodado de traje a la oficina, sí, he ido de licras y me cambio antes de entrar. No tengo atuendo para rodar. Depende de mi estado de ánimo. Mis piernas me mueven, me llevan y me traen, me sacan de la marea de enlatados y me llevan a oasis de quietud en el asfalto.

A ratos me gusta ir veloz, a veces prefiero la calma y sentir el viento en la cara. Rodar me conecta conmigo. Soy ser humano y aprieto el paso, debiera decir la biela, y pasa el tiempo y todavía hay oportunidad de llegar. En bici, el tiempo no se diluye.

Me gusta que ellas rueden, me gusta que ellos rueden, me gusta más cuando ruedan juntos. Se acompañan, se cuidan, se acompasan, danzan sobre sus bicis, cumplen el ritual del amor sobre dos ruedas. Van como meciéndose en el pavimento, como volando y se lanzan miradas y se dicen cositas.

Las acrobacias en bici son ocio y pasión por estar más tiempo en sobre ella. Tratan de dominarla, de dominarse, de disfrutar el riesgo de moverse o estarse quieto.

Una madre y su crío en una bici son un cuadro de humanidad generosa. Hay un aura de protección en ese vehículo, hay un grado de superioridad evolutiva y hay un infinito amor maternal en cada pedaleada.

Rodar en la campiña en épocas de calor es hallar al pasto seco, a los colores ocre, a la tierra suelta, pero pasa la bici y levanta polvo, ánimo y sonrisas. Regularmente todo lo que rodé dura un instante y es inmenso todo lo visto, pero no importa, porque respondí con guiños de placer.

En otras ciudades ni la nieve los detiene. Salen a rodar, sacan los abrigos, se forran y entran rápido en calor. Prefieren el calor que se emana de adentro para afuera y que los mantiene andando en su rodada, no huyen de la nieve, la derriten a su paso.

Para el amor siempre hay espacio, para llevar a la pareja siempre hay fuerzas, ganas y voluntad de ir más lejos. Los amantes en bici no se detienen jamás, zumban, revolotean y pedalean alrededor del otro, son vivaces bicis vueltas amor.

Tristes y melancólicas se ven las bicis sin sus dueños. Son fierros inertes a punto de desplomarse, niños tristes, pero a la fuerza ejercida en el pedal serán ágiles y raudas potencias mecánicas, diáfanos héroes hechos aire, emitirán chirridos y rodarán felices. Aprenden, en la fraternidad de la sombra, a reconciliarse con los otros, los que lo acompañan en su camino diario.

* El autor tuvo tiempo, tuvo plaza, tuvo calle, pero no rueda todavía. La convalecencia lo mantiene alejado de las dos ruedas. Se deleita con ver bicis, admira a otros ciclistas en su proeza diaria.

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