En bici a la cámara de diputados: ¿discriminación o formalismo extremo?


Así llegué a la cámara de diputados. Así quedé una vez que me acicalé en el inmundo baño del recinto legislativo.

La cita indicaba que debía acudir al palacio legislativo (así, en bajas porque no se llama así, pues). Era una reunión sobre alcances y quehaceres a futuro de la tecnología.
Un tema que me apasiona y que debía cubrir para una revista que edito. Así que por la mañana preparé mi muda: saco, camisa, pantalón de vestir, calcetines, zapatos y ropa interior. También llevaba mi kit de aseo: toallas para bebé (para retirarme el sudor, para limpiarme el exceso de agua que tuviese), desodorante, crema y loción. Así viajo cuando debo hacer un cambio de ropa. Todo cupo a la perfección en la backpack de 26 litros.
Me eché a rodar y llegue a la cámara de diputados. En la entrada pregunté si había manera de meter la bicicleta:
– No, no se puede, me dijo el portero.
– ¿No hay un biciestacionamiento en este recinto?
– No, solo para motos y autos.
– Ah, pues donde están las motos puedo poner mi bici. Basta que tengan un tubo para encadenarla.
– No hay tubos… no hay biciestacionamiento.
– Mmm, ni hablar.

Tuve que dejar la bici encadenada en la calle. Se la encargué a un bolero, que me dijo que no pasaba nada.
De vuelta con el portero de la cámara de diputados me dijo que si llevaba credencial de elector. Se la mostré. Y luego me preguntó con mucha curiosidad:
– ¿Se va a cambiar de ropa, verdad?
– Sí, señor. No se ocupe de ello.

A todas luces era lógico que iba a hacerlo. Iba de shorts, playera, paliacate, tenis. Colgado llevaba el portatrajes con la muda de ropa. El portero me indicó dónde estaba el edificio al que debía entrar para hacer mi trabajo.
Al llegar al sitio otro portero me detuvo.
– ¿Viene al evento de tecnología?
– Así es. ¿Hay baño adentro?
– No. El baño está a la vuelta del edificio, frente al mural.

Me dirigí al baño para medio asearme y cambiarme. El baño es un asco. Está mejor cualquiera de un supermercado, ni qué decir de los finísimos de Sanborns. Hice malabares para no mojar los calcetines y que los pantalones tampoco se mancharan de una sustancia acuosa del piso. Por fin lo conseguí, pasé frente al segundo portero y subí a mi conferencia.
Obviamente sí había baños para los asistentes a ese sitio. Me dio coraje. A la salida, me cambié en ese baño que sí estaba a la altura del recinto legislativo. Salí de shorts, camiseta deportiva, paliacate, backpack a la espalda y el portatrajes con la muda. Abandoné el edificio y casi me iba, pero me regresé y le dije al segundo portero:
– Oiga, qué cree, que sí hay baños allá arriba… Quién lo dijera, verdad.
– …
– Hasta lueguito, señor.

Salí, le di 20 pesos al bolero que le echó un ojo a la bicla y emprendí el camino de vuelta.

* El autor no sabe si los porteros son también guardianes de la etiqueta en la cámara de diputados. Eso sí, son recelosos de dejar pasar a una persona en paños de ciclista.

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