¿En qué momento lo permitimos? Parte 2

Por Camarón Vaquero

Les reté a que me mostrarán dónde dice que está prohibido, en tanto de un vistazo busqué algún poste donde en efecto hubiera un disco con la señal. Nada. En cuanto mi atención vuelve a los tres sujetos, el que va uniformado de “policía” me muestra un Reglamento de Tránsito del Distrito Federal (sic). Me señala un artículo en particular y me invita a leerlo. Me asomo a la página que me muestra y de un vistazo observo que su documento son fotocopias, va engargolado y al pie de cada página trae el título y el año: 2012. Leo que su artículo famoso refiere que en “zonas de reserva ecológica está prohibido estacionarse”.

Me río y le observo que su reglamento es falso y, además, le señalo que no especifica que puedo estacionarme si pago 30 pesos y que en tal caso su actividad es la que no cumple con ley o reglamento alguno.

El tercer señor, ataviado con unos pantalones de mezclilla rotos a la altura de las rodillas y una camisa de franela amarilla y gastada por las lavadas, por fin habla para decirme: “Mire joven, no somos gente de mal, solo queremos trabajar decentemente y somos los cuidadores del parque. Son 30 pesos por la estacionada”. ¡Vaya! ¡Chapultepec tiene guardabosques!

Les espeto a los tres que no pienso pagar un solo peso por mi derecho a estacionarme libremente en virtud de que no veo ningún disco que me lo prohíba ni mucho menos un aviso que señale que deba pagarse por un lugar. Además les reitero que su reglamento es falso, así que a mi no me van a sorprender.

“Como quiera señor; no nos hacemos responsables por lo que le pase a su coche”, me dice altanero el hombre del chaleco naranja. El que va de poli lo secunda moviendo la cabeza afirmativamente y en silencio. Miro al de la camisa de franela y pantalones rotos. Estoy solo con ellos a más de un kilómetro de donde haya alguien que pudiera ayudarme en caso de que éstos se me pongan más rudos.  Busco si de casualidad pasa una patrulla; como es de esperarse, no hay ninguna en los alrededores.

No lo pienso más, me subo al coche y me largo. Que se queden con su calle estos ladrones; las conferencias ya no me parecen tan importantes, total, si dijeron algo interesante mis colegas reporteros me lo dirán.

Enciendo el auto, acelero y me alejo poco a poco de los tres tipos que me observan. Miro por el retrovisor para ver qué hacen y el de la franela amarilla me pinta huevos con la mano izquierda en el instante en que me asomo por el espejo. ¡Bah! Les miento la madre con la bocina. Ahí queda.

Bajando por Alencastre hacia Reforma todavía voy rumiando mi coraje. ¡Pinchis tipos, se salieron con la suya! Una patrulla se me empareja en el alto que está antes del bajopuente que te saca a Campos Elíseos. Los dos polis al mismo tiempo me miran con sus caras serias. El copiloto va comiendo una torta; sonriente le grita a su colega que está parado a media calle “controlando” el flujo de los vehículos: “¡Échale ganas, te’stás durmiendo ahí parado, wey!” Ríe con ganas y voltea a ver a su “parner” que también ríe la broma.

Me pregunto si estos señores saben lo que sucede más arriba en el bosque. ¿Les digo? No, para qué, seguro que se reirán más cuando les cuente. Mejor me largo a casa, paso por mi bicicleta y de ahí a la oficina a trabajar en paz. La ciudad es de nadie; detalles como el que les narré lo demuestran. ¿En qué momento lo permitimos?

 

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