Ese maldito dolor

Por Oso Oseguera

Vagamente recuerdo que al final de mi adolescencia, después de los entrenamientos de futbol americano, debía poner mis piernas en alto, sobre la cabecera de la cama y así aminorar un dolorcito y conciliar el sueño.

Pasaron 25 años. Subí de peso, hasta 15 kilos más; bajé de peso, hasta 20 kilos y me estacioné en 72. Desde hace unos años volví a darme el gusto de hacer ejercicio.

Me inicié en la carrera, me encantó y me trastornó por algunos años. Al poco tiempo y en simultáneo empecé a coquetear con la bici. Fui un infiel a la carrera. Tuve dos novias a la vez, pero la bici se me fue metiendo más profundamente.

La bici de devolvió algo que había extraviado: una pasión. Me agarró con fuerza, me sacudió y me llevó a los confines de solo entender la movilidad en dos ruedas y unas bielas.

A donde fuese iba en bici desde Lindavista (al norte de la ciudad): ¿Santa Fe?, allá nos vemos; ¿Tecamachalco?, sí, claro; ¿Ciudad universitaria?, ya estás. No importó el lugar, mi bici y yo llegábamos. Empapado, maloliente, acalorado, sediento y con los piernas entumidas varias veces. Me daba mi tiempo para estirar los músculos y entonces llegaba a mi cita. Me acicalaba, me cambiaba y atendía mi compromiso. La sonrisa interna, la felicidad se me desbordaba.

Hace dos años empecé a tener un dolor en el muslo, a veces bajaba a la pantorrilla y otras ocasiones llegaba a hormiguear mi planta del pie.

Mi gusto por cocinar también me provocaba esta dolencia. Al terminar de preparar comidas o cenas ansiaba sentarme y reposar. Hasta hace un año que los dolores se incrementaron. Me unté todo, me sobé de todas formas, probé todas las posiciones en la silla, en la cama.

También peregriné por diversas medicinas y médicos: ortopedista, homeopatía, osteópata, sobadora, médico del deporte, masajista, fisioterapia y acupuntura. Me inyecté complejo B-12 y tomé calmantes musculares. Todos los médicos que vi me aliviaban dos o tres semanas, al poco tiempo reaparecía es maldito dolor. Me acompaña en todo momento. No me impedía moverme, pero era un compañero incómodo, persistente y protagonista.

Finalmente la resonancia magnética reveló el origen del malestar: una protusión en L4-L5. Es decir, el disco de la quinta lumbar se reveló y jaló pal monte, o para la médula espinal, pues. La parte blanda del disco tuvo la ocurrencia de oprimir parte de la médula espinal, lo que genera que la ciática se sienta la ama y señora de mi vida y se manifieste de manera tan agreste. ¿Solución? Operación. No hay de otra.

Esto me tiene alejado de la bici, esto me hace pensar más en los momentos tan gratos que he vivido con ella. En San Francisco, California, en las calles del centro histórico del DF, en mis trayectos a la Roma, en las subidas retadoras para llegar a Interlomas, en mis trayectos rutinarios a Olivar de los Padres, en mis paseos gozosos por la ciclopista y llegar hasta Amatlán.

Extraño mi bici, la veo y siento que hay un mueble abandonado. No será por mucho tiempo. El doctor promete que después de la intervención quirúrgica –mes y medio después– podré volver a la carga. Es muchísimo, pero después de un año de probar remedios y medicinas, es lo mejor.

 

* El autor se puso sentimental y memorioso. Escribió esta columna bajo los influjos de medicamentos que palian el dolor, pero sobre todo con la certeza de que volverá felizmente a rodar.

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