¿Está bien matar ciclistas?

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Todo el mundo que me conoce sabe que me encanta el ciclismo y que yo también estoy totalmente asustado. Llegue a este deporte por razones de edad madura: sobrepeso; rodillas que crujen y la vanidad delirante de llevar pantalones cortos ajustados. Me inscribí en un triatlón, tomé mi primer paseo en bici en décadas. El viento en mi pelo, la sonrisa en mi cara… decidí de inmediato que todo lo haría en bicicleta tal y como todos esos hermosos niños inconformes ruedan en fixies. En cuestión de minutos, sin embargo, vi una SUV golpear a otro ciclista, y luego mi propia rueda delantera quedó atascada en una vía del tranvía, enviándome al pavimento.
Llegué a casa con vida y compré una bicicleta estacionaria con DVD de entrenamiento del profesional Robbie Ventura, quien guiaría mis paseos virtuales en caminos rurales de Wisconsin, para que yo pueda sudar de forma segura en mi sótano en San Francisco, California. Entonces llamé a mi amigo Russ, uno de los 13,500 viajeros diarios en bicicleta en Washington, DC. Russ juró que el ciclismo era inofensivo, y que tenía que asumir que cada conductor era “un drogadicto de la respiración aeróbica con un odio asesino por los ciclistas”.
Las anécdotas aparecieron: la esposa de un amigo de la infancia iba en bicicleta con su mamá y papá cuando un camión en la ciudad los arrolló y les dio muerte; dos socios de mi suegro -en el despacho de abogados- quedaron mutilados. Empecé a notar artículos de “ciclistas muertos” en las noticias. Como uno sobre Amelie Le Moullac, 24 años de edad, que pedaleaba dentro de un carrilbici en el distrito SOMA, en San Francisco, cuando un camión giró a la derecha y la mató. En estos artículos me encontré con una frase recurrente citada por el periódico San Francisco Chronicle: “El conductor del camión se quedó en el lugar y no fue castigado”.
En las historias donde se había castigado el conductor, la pena desafió el sentido común, tal y como ocurrió con el adolescente en 2011 que arrolló por detrás al hombre ciclista de 49 años de edad, John Przychodzen en una carretera en las afueras de Seattle; el ciclista murió. La policía otorgó una multa por 42 dólares por un “cambio de carril peligroso” debido a que el chico no estaba ebrio, y como declararon testigos, no conducía temerariamente.
No tienes que ser un ciclista rojillo para encontrar algo extraño en esto. Pero haz una búsqueda en Google de “ciclista + accidente” y encontrarás un sinnúmero de historias similares: el 2 de noviembre, por ejemplo, en la carretera costera de dos carriles, cerca de Santa Cruz, California, un conductor en dirección norte perdió el control y se salió claramente hacia los que venían en dirección contraria, matando a Joshua Alper, un bibliotecario ciclista de 40 años de edad. Como de costumbre: no hay cargos, no hay multa. La mayoría de los comentarios en línea se dividen en dos bandos: los ciclistas indignados contra los conductores por la de falta de atención y se preguntan por qué los policías no hacen nada; y conductores furiosos contra ciclistas por obstruir carreteras y burlarse de las leyes de tráfico.
Mi propia opinión es que todo el mundo tiene un poco de razón y que estamos en una encrucijada cultural de miedo en todo el asunto del coche/bici. Las ciudades estadunidenses están lo suficientemente densas –y casi la mitad de los viajes en coche urbano son suficientemente cortos, de menos de tres kilómetros– por ello, urbes como Denver o Miami están poniendo en práctica programas de bicicletas públicas. Si hay una cosa que el alcalde de Nueva York está de acuerdo es en que las ciudades requieren más ciclovías.
La American Medical Association respalda la iniciativa nacional de la ir al trabajo en bici, y logró que más de 850,000 personas viajaran en una bicicleta, según la Liga de Ciclistas Americanos. A nivel nacional, el ciclismo es la segunda actividad más popular al aire libre después de correr, el apoyo a una industria de 6,100 millones que vendió 18.7 millones de bicicletas el año pasado.
Pero la cultura social y jurídica de las carreteras estadunidenses no ha sido suficiente. Las leyes en la mayoría de los estados dan acceso pleno en los caminos a las bicicletas, pero muy pocos de estos están diseñados para dar cabida a estos vehículos, y el diferencial de velocidad y masa –las bicis a veces generan tráfico lento, y solo los ciclistas tienen mucho que temer en un accidente– hace que compartir el camino sea difícil. Tampoco ayuda que muchos ciclistas ignoran las leyes de tránsito. Cada vez que conduzco mi coche a través de San Francisco, veo ciclistas pasándose las señales de alto. Así que entiendo el impulso de ver a los ciclistas como tomadores de riesgo recreativo que merecen su suerte.
Pero estudios realizados en Arizona, Minnesota y Hawai sugieren que los conductores tienen la culpa en más de la mitad de los accidentes mortales donde hay ciclistas involucrados. Y hay algo innegable y torcido en un sistema de justicia que hace que sea de facto legal matar gente, incluso cuando es claramente su culpa, y es que conducen un coche, no están evidentemente borrachos y no abandonan la escena. Cuando dos coches chocan, todo el mundo está de acuerdo en que uno de los dos pilotos puede ser culpable; los policías consideran que es su trabajo reunir pruebas para llegar a esa determinación. Pero cuando un coche golpea a una bicicleta, es como si hubiera un impulso cultural colectivo a decir: “Oh, bueno, los accidentes ocurren”. Si tu hija de 13 años de edad va en bici a la escuela mañana dentro de un carril bici recién pintado, y un conductor se pasa un semáforo en rojo y la mata y luego le dice a la policía: “Caramba, yo no quise provocar de manera alguno esto”. No pasa nada.
“No sabemos de un solo caso de una fatalidad ciclista en el que el conductor fuera procesado, con excepción de conducir bajo influencia (de alcohol o drogas) o golpear y huir”, me dijo Leah Shahum, director ejecutivo de la Coalición de Ciclistas de San Francisco.
Las leyes prohíben la conducción temeraria, negligencia grave y homicidio vehicular. El problema, de acuerdo con Ray Thomas, Portland, Oregon, abogado especializado en derecho de la bici, es que “los miembros del jurado se identifican con los conductores”. Las condenas se castigan con penas que destruyen la vida, hasta seis años de prisión, Thomas señaló, y los miembros del jurado “solo piensan, bueno, yo podría cometer el mismo error. Así que ellos no condenan”. Por eso es que los agentes de policía y los fiscales no se molestan en hacer arrestos. La mayoría de los policías se pasan la vida en los coches, también, así que ahí es donde yacen sus simpatías.
Por ejemplo, el sargento Richard Ernst, del Departamento de Policía de San Francisco, se enfrentó a asistentes al lugar de la muerte de Le Moullac. Él estacionó su patrulla en el carril bici, lo que obligó a otros ciclistas a incorporarse al tráfico. El sargento Ernst reprendió a los reunidos, según testigos, e insistió en que la Sra. Le Moullac había tenido la culpa. Días antes, el departamento había dicho a los activistas en bicicleta que había sido incapaz de encontrar imágenes de vigilancia del accidente.
Provocados por el sargento Ernst, la gente en el homenaje mortuorio a la Sra. Le Moullac decidió hacer algo. Les tomó 10 minutos encontrar un taller mecánico cerca con una cámara que tenía imágenes del incidente. La policía finalmente admitió que el conductor del camión tuvo la culpa, pero aun no se han presentado cargos.
Las personas inteligentes están trabajando para cambiar todo esto. Los carriles bici protegidos están apareciendo en algunas ciudades, separados del tráfico de coches. Varios estados han aprobado Leyes de Usuarios Vulnerables, colocando la responsabilidad adicional en los conductores para evitar dañar a ciclistas y peatones. Nadie quiere matar a un ciclista, pero la ausencia total de consecuencias no ayuda. Estas leyes tratan de corregir eso con sanciones lo suficientemente suaves para que las autoridades estén dispuestas a usarlas, pero lo suficientemente graves para que los conductores presten atención. En la versión de Oregon, eso significa una suspensión de la licencia y una multa máxima de 12,500 dólares o hasta 200 horas de servicio comunitario y un curso de tráfico.
Los debates sobre ciclismo a menudo se rompen con líneas discursivas predecibles: los conservadores se oponen a gastar un centavo en la seguridad de la bicicleta en caminos rurales y suburbanos, en tanto que los liberales urbanos están a favor. Pero el ciclismo no es paracaidismo. No es solo la búsqueda de emociones o la auto-indulgencia. Es una respuesta sensata a un entorno cambiante de transporte, con una mejora en términos de salud pública, menos tráfico y menos emisiones contaminantes. El mundo marcha de esta manera, independientemente de que las ciudades cada vez están más densas y hay escasos cambios en la legislación e infraestructura. Pero los cambios más importantes, con el potencial de salvar la mayor cantidad de vidas, son los que podemos hacer en nuestras actitudes.
Así que aquí está mi propuesta: cada vez que subas a una bicicleta, desde este momento en adelante, obedece a pie juntillas la ley para ayudar a los conductores (y policías) que consideran a los ciclistas como usuarios predecibles de la carretera que merecen respeto. Y cada vez que estés frente de un volante, recuerda que incluso la más mínima falta de atención puede mutilar o matar a un ser humano que goza de una forma legítima de transporte. Esto por sí solo hará que las calles sean un poco más seguras, aunque por ahora me quedo en el sótano y tal vez ruede por el camino rural de manera ocasional.
(Por Daniel Duane, del The New York Times)

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