Imaginemos ciudades sin coches

El paseo dominical en bicicleta que realizan miles de familias en la avenida Reforma, de la ciudad de México es parte de una tradición que comenzó hace más de 120 años. Según el libro 200 años del espectáculo, “Desde 1892 se desató la euforia de ‘andar en bici’ por las calles de San Francisco y Plateros (Madero), Corpus Christi (Avenida Juárez) y el Paseo de la Reforma. Cuatro años después la capital contaba con 800 bicicletas. Los ciclistas se organizaban en distintas asociaciones y no tardaron en aparecer los anuncios en los que se invitaba al público a presenciar carreras en Chapultepec o en el velódromo de La piedad. Las mujeres también le encontraron el gusto a la bicicleta aunque al principio fue mal vista, pues se le consideraba una actividad ‘marimacha’, que no iba acorde con la decencia ni las buenas costumbres”.

Aunque Leonardo da Vinci las prefiguró en algunos de sus bocetos durante el Renacimiento, fue en Francia, a finales del siglo XVIII, donde se construyó el primer celerífero, máquina sin motor de dos ruedas alineadas y unidas por una barra que portaba un sillín. Su inventor fue el conde de Sirvac. La primera bicicleta de pedales se llamó la “michaulina”, porque fue diseñada por el francés Pierre Michaux, en 1860.

A México, la primera bicicleta llegó en 1888. Al principio le llamaron biciclo, después, simplemente bici. Se popularizó rápidamente, tanto, que a comienzos del siglo XX había registradas en la capital alrededor de 3,000. La Federación Nacional de Ciclismo fue fundada en 1924, aunque se protocolizó nueve años después, en 1933. Las competencias deportivas tuvieron su mayor auge en la década de los años 40, cuando se instauró “La vuelta a México”.

El ciclismo constituye la simbiosis perfecta entre el hombre y la máquina. Se trata de un medio de transporte austero, no contaminante, saludable y económico. Además ocupa poco espacio y es rápido. Se estima que la velocidad promedio en horas pico de los vehículos automotores en la capital no supera los 14 kilómetros por hora, la de las bicicletas es de 16. En El libro de la bicicleta, de Roderick Watson y Martin Gray, se lee: “Imaginemos las ciudades sin coches, sin embotellamientos, sin humos ni ruido. El ahorro de energía sería impresionante. La producción de bicicletas y su utilización no requeriría de la existencia de grandes industrias petroquímicas, de plásticos, de gomas, de cementos, etc. Se eliminaría la regulación del tránsito, gran cantidad de accidentes traumáticos, muertes… Pero esto es solo soñar despiertos. Mientras que las industrias petroquímicas y del automóvil sigan imponiendo su ley en el mundo entero… pocas concesiones importantes tendrán los seres humanos en general y los ciclistas en particular”.

(Por Javier Vargas Pereira, profesor y periodista especializado en ajedrez, publicado en El Universal)

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