La bici roja

La segunda bici que tuve en mi vida fue una roja.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por Camarón Vaquero*

 

Mi primera bicicleta fue una color verde que era una muy mala copia de la Vagabundo que originalmente le había pedido a los Reyes Magos. Al igual que millones de mexicanos, mi primera bicicleta llegó a casa un 6 de enero de hace muchos años y no me gustó nada.

Por eso esta columna no se llama la bici verde, sino la bici roja porque esa bicicleta, la segunda que tuve en mi vida y que también llegó en fechas festivas de inicio de año, fue una tipo Cross de la casa Magistroni de la que me enamoré nada más verla.

Con esa belleza roja supe por vez primera en mi vida lo que era enamorarse de un objeto y también supe con ella lo que el significado de la palabra tristeza y enojo. Estos últimos sentimientos fueron cortesía de mi madre debido a que un día que volví de la Universidad me encontré con la novedad de que había regalado mi bici. No estoy exagerando, pero sentí como si se me hubiera muerto alguien. Lloré en secreto su pérdida y sólo me resigné días después al pensar que a lo mejor ayudaría en algo a la institución a la que la habían regalado: APAC.

Pero ese es el final y este blog apenas estrena el espacio así que si bien no narraré anécdotas de manera cronológica si trataré de guardar cierto orden en cuanto a las cientos de aventuras que viví montado en mi bici roja.

Sin riesgo a exagerar, en es bicla recorrí miles de kilómetros; de los nueve hasta los 20 años de edad la usé casi a diario. En ella anduve todo lo que un chamaco puede recorrer a cierta edad. Tengo todavía muy claros los recuerdos de mis arribos a lugares que, a cada incursión, estaban más lejos de casa; en algunas ocasiones llegaron a corretearme para robármela o de plano weyes que me querían romper el hocico y me veían pasar rodando y pretendieron alcanzarme. Ni una sola vez me alcanzaron.

En ella pasee decenas de ocasiones a mi hermano Alejandro, a quien le llevo 13 años, y darle la vuelta con apenas un año de edad lo hizo feliz. También fui decenas de veces a ver a amigos y, por supuesto, a mis novias. En particular recuerdo a mi chica de la prepa que en esa época era la persona que más quería en el mundo… tanto como a mi bicicleta.

Por supuesto, a esa bici la hice sonar como motocicleta con el objeto cliché: un bote de frutsi; en ella hice proezas tales como llegar hasta el Estadio Azteca, que se nos hacía lejísimos desde Culhuacán; todavía me monté en ella para irme a todo pedal a la Universidad para no llegar tarde a un examen.

Por eso este espacio se llama la Bici Roja, en memoria de ese mi primer adorado objeto que me hizo conocer el mundo a mi alrededor más allá de lo que cualquier chiquillo entre los nueve y los 20 años de edad aspira a conocer. Hoy día sigo recorriendo en bicicleta la ciudad de México, sobre todo la zona del centro que es en donde ahora vivo. Ahora me acompaña una belleza negra de la casa de Alubike, pero con ella apenas empiezo a vivir mis aventuras. Este también será en algunas ocasiones espacio para narrar lo que desde en ella veo y veré. Ahora mismo mientras redacto estas líneas la veo ahí amarrada a un poste fuera de uno de los tantos restaurtantes del corazón de la Condesa. La miro y me emociono, quiero rodarla y sentir el viento en la cara, el vértigo de la velocidad al dar vuelta a una esquina o que de la nada salga un perro y ladrando furioso y a todo pulmón vaya a por mí. Creo que siempre seré ese chiquillo de nueve años, lo siento muy dentro de mi.

 

* El autor no concibe la vida como digna de vivirse si no viaja en dos ruedas al menos tres veces por semana a donde sea necesario ir.

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