La mano intrusa

La autora nos relata un episodio de sus andanzas en bici, y confirma que ser ciclista mujer es cosa aparte.

• Por: Ana Langner*

A los 14 años, luego de una tarde en bicicleta, formulé una de mis más irreductibles teorías: la diferencia entre una mujer y un hombre, desde la perspectiva del ciclismo urbano, radica en el momento de empoderar las piernas, levantar el cuerpo, empinarlo y dejar el culo al aire.

Para mi desgracia o fortuna (dependiendo del punto de vista con que se mire), en cuanto inició mi adolescencia desarrollé, vía genética hereditaria, caderas de madre: pronunciadas y curvilíneas, bastaba levantar un poco las pompas para que se dieran tinta de toda su inmensidad.

El efecto se multiplicaba a la hora de pedalear el vehículo que me dio horas de diversión, y que fue también la manera más rápida de ir por el mandado, en un santiamén.

Un día, siguiendo una costumbre que marcó mis tardes, todas las amigas de la cuadra Managua, en una pequeña colonia del Estado de México, salimos a aplanar las calles con las ruedas de nuestras bicis. Tras dejar a mis colegas en sus casas, yo fui por la leche. Me disponía a bajar de mi querida cleta cuando, de pronto, una mano ajena a mi consentimiento se postró muy ruidosa y dolorosamente sobre mis asentaderas. Un calor recorrió mi nuca para detenerse en mis orejas. Al voltear, este cuadro: un chico, que también andaba en bicicleta, había aprovechado el momento.

Horas más tarde y tras una intensa búsqueda, el muchacho terminó en el suelo y de mi boca salió una frase que enmarcaría uno de los días más frustrantes de mi vida: “búscate a otra puta para tortearla, porque ésta nunca te las prestó”.

Al pasar de los años supe que este tipo de violencia y agresión hacia las mujeres no es patrimonio exclusivo de las ciclistas. También aprendí a manejar mis arranques de ira y a tomar con filosofía toda la perorata de adjetivos otorgados a mi trasero… poesía pura.

Otra gran lección: hoy uso la bicicleta no sólo como un medio de transporte que me lleva del trabajo a casa. Además, me divierto con mi bicla y le doy vueltas al parque para liberar el estrés y la energía que se acumularon durante el día.

Sé que darse un lugar en las calles y avenidas no es fácil, hay que lidiar con obstáculos que ponen en las vías especiales, así como aguantar a (y cuidarse de) automovilistas que se enfurecen con los ciclistas que les “estorban” en su camino.

Aunque estos males afectan a damas y caballeros por igual, el temor a quedarse sola en un semáforo o estar muy al pendiente de no ser alcanzada por una mano intrusa es un extra bastante desagradable que, por desgracia, las niñas sufrimos más.

* La autora es periodista y usa su bicicleta no sólo como medio de transporte,
sino como vehículo para sacar el estrés.

5 Comments

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Blue Captcha Image
Refrescar

*