La melancolía de no rodar

¿Qué pasa cuando solo tienes una bici y tienes que llevarla a servicio? Te cuesta trabajo desprenderte de ella. Alargas la entrega a mantenimiento, no quisieras que faltara un solo día. No te imaginas sin ella, no crees que hayas podido vivir así algunos años… ¿cómo hacías?

Finalmente tampoco quieres que se dañe y la llevas al servicio. Vas angustiado, nervioso. La bici ha estado contigo en las buenas, en las malas y en las peores.

Llegas al destino, negocias que sean los menos días posibles, que la entreguen por la mañana, pronto y bien. ¿Que hay que cambiar algo? Hazlo, no me consultes, tú eres el experto y sabrás si es necesario, pero no demores la entrega. Imploras y pides que sea lo más rápido posible. Tres días, te dicen. Uff, pues ni hablar. Que sean.

Sales de la tienda. Ves desde la escalera del negocio la calle, sitio inhóspito. La banqueta es una bahía que se ve tan vulnerable. Qué ruido, cuando coche, no atinas a caminar, no has decidido cómo y hacia dónde ir. ¿Metro, Metrobús, taxi, caminar? Qué difícil.

Te arrancas a desandar el camino sin haber decidido. Tomas la ruta de la bici, pero no vas en bici. En un momento de lucidez se aclara el panorama y te decides por el taxi. Te paras en la esquina, alzas la mano, pero pasan vacíos y no te levantan. ¿Qué diantres de conductores tan ciegos? Tu aspecto es de terror, llevas el caso en el brazo, el buff a media cara, lente oscuro y te dejaste puesta la banda en el tobillo. Así nadie te va a subir.

Recompones el atuendo. Un taxista te sube, indicas el destino y volteas triste al arroyo vehicular, ves a los ciclistas que ruedan felices. Uff, tres días, qué martirio.

El taxista, psicólogo del volante, te escanea y te dice: “¿Por qué tan triste, mi joven?”

–       …cómo, no, sí, digo, triste… sí, caray.

–       No se agüite, mi joven. La vida es una montaña rusa, a veces arriba, a veces abajo.

–       Pues hoy ando abajo… circulando bajo.

–       ¿Y su bici? Porque ese casco y lo demás son para una bici, ¿no?

Antes de contestarle piensas que es ridículo decirle que por eso vas como llanta ponchada y contestas en automático:

–       Ah, pues se quedó en el taller… le tocó servicio.

–       ¿Y a poco no se lo hace usted? No es tan difícil.

–       Pues aún no aprendo, pero es un propósito de año nuevo. Así me ahorro un dinero y no me quedo tantos días sin bici.

–       Así se habla, mi joven. Siempre hay que estar dispuesto a aprender…

Y el taxista siguió un monólogo sobre los retos que uno debe imponerse en la vida como seguir aprendiendo, como superarse, como ser mejor persona…

Tu vista persigue a los ciclistas que rebasan al taxi, ves marcas de bicis, te fijas si llevan cascos, si usan los cambios, si el sillín va bien… Si se ven tan felices como tú rodando.

El taxista te indica que han llegado, pagas, agradeces los consejos y te recluyes en casa. Serán tres largos días.

 

* El autor así sufría las entregas de mantenimiento de su bici… Pero desde que tiene dos no padece más. No ha aprendido a darle servicio a sus bicis, pero es una tarea pendiente en su vida.

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