La segunda bicicleta

Cuando escuchaba que una persona tenía más de una bici me preguntaba dos cosas: para qué las quiere y dónde las pone. No entendía que las bicis tienen diferentes propósitos, distintas modalidades de uso… Claro, era yo más ignorante del ciclismo y un poco arrogante.

Por Oso Oseguera*

Apenas adquirí mi segunda bici. Demoré casi tres años. El primer año lo pensé con ingenuidad: para qué necesito otra si ya tengo una. El segundo año, ya dudaba. Y si tengo otra bici, una más urbana, con alforjas y un manubrio más alto. A seis meses de llegar al tercer año, me decidí por la segunda adquisición. No tardé en saber que quería una bici urbana, con asiento mullido, suspensión delantera, parrilla, alforjas, 24 velocidades y que estuviera chula, pues.

Vi en varios lugares, unos 3 digamos. Cuando iba a una tienda por unos guantes, un Buff, una tarugada para mí o la bici (que casi somos lo mismo), me entretenía viendo esas bicis urbanas. Mi inconciente trabajaba a todo pedal, se le iban los ojos en las fixies y en las urbanas, no más. Así pasé casi todo 2012: hice «window shopping».

Finalmente mi vista, mi corazón y mis ganas se clavaron durísimo en una bírula urbana, color negro, llanta ancha, pesada, 3 estrellas, piñón de 8 cambios, asiento amplio, con amortiguador, suspensión delantera y, claro, el respaldo y abolengo de una marca inglesa que estuvo en el paraíso de las bicis y que hoy vive de la prosapia, porque han dejado de hacerlas manos inglesas y son las chinas las que ensamblan: una Raleigh. Eso no detuvo mi gusto ni mis ganas.

La compré y dudé: para qué quiero dos bicis. Me subí, la rodé y seguí dudando. La llevé a casa, la puse junto a mi Specialized TriCross híbrida (una bici de ruta) y pensé: estoy bien güey. La primera semana la rodé muy poco, seguí usando la Specialized. La segunda semana le di más oportunidad.

De entrada debo confesar que ir tan erguido en la Raleigh me hacía sentir torpe, blandengue y pusilánime entre el tráfico. No me hallaba con ella. Pero lentamente, a cada pedaleada, esa biela me iba conquistando. La pesadez me obliga a ir más despacio, a encontrar ese otro tempo interno. La suavidad de la rodada, la suspensión delantera y el  asiento amortiguado casi borran de mi memoria estas calles de asfalto terso y parejo del DF.

Los viajes se convirtieron en paseos, los trayectos intrépidos y veloces se volvieron rodadas más calmadas y también disfrutables. La Raleigh me conquistó con su andar propio, con su parsimonia y elegancia de jirafa. La segunda bici tiene su ritmo y me llevó a ese camino piano piano, como si bailara un suave swing con Fred Astaire. La Raleigh me enseñó el otro ritmo del pedal, de la vida.

* El autor ahora se debate cómo va a alternar sus dos bicis: con qué personalidad va a salir a rodar y, sobre todo, cómo las va a acomodar en su futuro departamento. Y ya está pensando qué sigue después de la segunda bici.

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