Ladrones de bicicletas

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Esta fue la reseña que publicó Gabriel García Márquez sobre la película de Vittorio de Sica, Ladrones de bicicletas. Solo reproducimos una porción del texto.
“En la diezmada Italia de las post.guerra, una bicicleta se cinvierte en la única condición para que un hombre, su mujer y su pequeño de nueve o diez años, sobrevivan al angustioso instante en que les corresponde luchar. En la película, la bicicleta se convierte en un mito, en una divinidad con ruedas y pedales con cuyo curso –y sólo con él- el hombre será superior a su hambre. Desde la sencillez del título hasta la tremenda sencillez del final, la producción de De Sica no es otra cosa que la angustiosa búsqueda de una bicicleta robada por las calles de Roma, donde hay un vertiginoso, abismal mercado de bicicletas, en el domingo más largo y más despiadadoque un hombre haya podido vivir. Algún conocido mío, insatisfecho del espectáculo, me decía: “Esto es una tontería. Un hombre buscando una bicicelta durante toda la película, para al final salirnos con que no la encuentra”.
“Creo que es ésa la síntesis más exacta de Ladrones de bicicletas. Tan exacta , como equivocada y absurda la afirmación de que es una tontería. Yo quisiera poner al autor de ese concepto en las circunstancias del protagonista. De seguro, sin ser actor ni pretender serlo, representarí su papel con tanta propiedad, con tan angustiosa naturalidad, como lo hace ese hombre para quien la vida no es ya otra cosa que una bicicleta, que puede parcer insignificante a quien se ha fastidiado de todas las diversiones y resuelve refugiarse en un cine, por puro pasatiempo burgués.
“Ladrones de bicicletas –y el número de quienes estarán en desacuerdo con este concepto es tan voluminoso que lo pierdo de vista– es una película invulnerable, de las muy contadas que no adminten objeciones desde ningún punto de vista. Quienes participan en ella no son actores profesionales. Son hombres sacados de las calles de Roma, transeúntes ordinarios que probablemente asisten al cine con muy poca frecuencia, que ignoran los secretos de la representación teatral, pero que están tan íntimamente ligados al drama de la vida de post-guerra, que no encuentran dificultad alguna para desempeñarse frente a las cámaras. Si aquienes actúan en Ladrones de bicicleta les hubiera asignado unlugar en una película de cowboys o en una obra de Shaw, posiblemente la producción habría sido un fracaso. Pero fueron sacados de la vida, por un momento, y sumergidos después en la misma salsa, en donde el único elemento extraño eran las cámaras y los demás artefactos técnicos. Pero nada más.
“La actuación del niño no admite otro calificativo que el de genial. Asimilado a los recuerdos, se duda todavía de que todo lo que se le vio hacer en Ladrones de bicicleta estuvo enmarcado por la pantalla. Y resultaría interminable analizar las innumberables escenas, llenas de vívido dramatismo, que habrían bastado para que fuer extraordinaria e inolvidable esta película que tantas protestas y tan escasas manifestaciones de entusiasmo han provocado a la ciudad.”
(Texto publicado en El Heraldo, Barranquilla, columna La Jirafa, firmado por Septimus, en octubre de 1950; y rescatado en el libro: Textos Costeños II, editorial Oveja Negra).

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