Las cuatro etapas en la Ecobici

Soy un feliz desposeído. No tengo coche desde hace tiempo y lo extraño sólo cuando quiero salir el fin de semana de la ciudad. Fui asiduo al taxi. Me conocen todas las mañas en el sitio Durango, de la calle de Durango y Jalapa (El sitio tiene, como todo el que se respete, una televisión, una cabina para el radio de onda corta y una virgen de Guadalupe). Si voy de mal humor, me tratan con cuidado. Si tengo prisa, aceleran. Si estoy de ánimo expansivo, me platican.

Me hacen caso cuando les pido que bajen el volumen a los sermones y salmos cuando me tocan fervorosos taxistas cristianos.

Recientemente, sin embargo, me inscribí en el Sistema de Transporte Individual Ecobici. Mi cuenta comenzó a funcionar a partir del 15 de septiembre, justo al mismo tiempo que se inauguraron las nuevas estaciones de bicicletas en Polanco. Debo decir que no fue fácil abandonar el sitio Durango.

Al principio andaba con miedo. Un día estuvieron a punto de atropellarme. Fue el día del Informe Ciudadano del Jefe de Gobierno, Marcelo Ebrard, que tuvo lugar en el Auditorio Nacional. Salí de allí inflamado de retórica triunfal y se me hizo fácil tomar una bicicleta en una estación que está justo en la desembocadura de la calle de Rubén Darío, sobre Reforma, para ir a mi oficina, en la Colonia Condesa.

Fue un problema cruzar de un lado a otro de Reforma para tomar el sentido de la calle que correspondía. Lo hice enfrente del museo de Antropología, con el manubrio tembloroso y con la ayuda del tráfico y un policía.

Instalado, me eché a andar. Debo decir que ese día iba vestido con saco y corbata, como correspondía con la solemnidad del informe. Pensé que eso me daba un aire de respetabilidad, pero al final el aire formal no sirvió de nada. Cuando llegué a un punto crítico, el final del Museo de Arte Moderno, donde todos los autos se dan vuelta para meterse a la lateral del Circuito Interior, saqué la mano izquierda para indicar que iba a seguir por Reforma. Un Mini Cooper que iba rápido se ensañó conmigo, tocó el claxon y se clavó en la curva, dejándome sin aliento unos metros más adelante, en la Estela de Luz.

Entonces entré a una segunda etapa. La del ciclista con complejo de educador de automovilistas. Esta etapa la he vivido con enjundia. Significa tomar la bicicleta todas las mañanas de camino a la oficina y hacer caras, mover la cabeza y darle un manotazo a la lámina de todos los automovilistas que no han leído el Reglamento de Tránsito Metropolitano, que concede la prioridad del paso a peatones y ciclistas. En esta etapa, no es el traje y la corbata lo que te otorga un aire de respetabilidad, sino la consciencia de que no eres tu el que contamina y estorba. Son los coches.

Luego viene una etapa en que te quejas de que el servicio es a veces deficiente. Unas veces llegas a una estación y te das cuenta que no funciona. Otras, que la han atestado de bicicletas y que no hay lugar para que dejes la que traes y tienes que irte a otra estación. También te da por quejarte del propio Gobierno de la ciudad, que no ha dotado de suficiente infraestructura urbana para que el uso de las bicicletas no sea tan peligroso.

Y esta es la etapa en la que me encuentro ahora: la del feliz paseante desposeído y desorientado que todavía se pregunta ¿cómo hacer para cruzar de Polanco a la Condesa?

(Por Guillermo Osorno, El Universal)

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