Los fantasmas andan en bicicleta

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Por Gabriel García Márquez*

Hay un hombre misterioso que a las tres de la madrugada pasea en bicicleta por las calles de la ciudad. Lo he visto la noche de mi llegada, envuelto en una atmósfera fosforescente que atribuía a un extraño sistema de alumbrado eléctrico. Pero al día siguiente, un compañero de hotel me dijo a la hora del desayuno: “Pues sepa que a usted le ha salido un muerto”.
Entonces me han relatado la hisotira del hombre que durante toda su vida estuvo paseando en biicleta y que, tal vez como resultado de la velocidad, adquirida en cuarenta aos de continuos ejercicios ciclísticos, había seguido pedaleando después de muerto. Ahora es una especie de fantasma municipal, amigo de bohemias y trasnochadores, que a nadie infunde miedo, que ofrece seguridad y confianza a las mujeres que asisten solas a la primera misa. La ciudad está orgullosa de él por ser el único ciclista metafísico del mundo.
No hay nadie –ni siquiera las personas reputadas por su incredulidad- que no se muestre de acuerdo en afirmar que el misterioso hombre que vi hace dos noches es un fantasma auténtico. Algunas personas lo conocieron en vida. Era un hombrecillo tímido recortado, con mujer y seis hijos, que tenía un taller de mecánica en el mercado público. Trabajaba de sol a sol, sin reposo, y a las siete de la noche, se recogía en su covacha. Al año de haberse mudado con una mujer tan tímida y desabrida como él –cortada a su meida- habían tenido el primer hijo. A los seis años tenían seis. Y fue entonces cuando el hombre empezó a penar en vida.
Se cuenta que cuando le nació el esexto hijo, el hombrecillo comentó: “La única solución de esto es una bicicleta”. Y al día siguiente armó la suya en el taller y se puso a dar misteriosas vueltas por la ciudad, en las horas de la madrugada, con la austeridad de un monje que estuviera cavando su propia sepultura. Fue una labor indolente, despiadada, que se prolongó por vente años hasta esa lúgubre y helada madrugada en que el hombrecillo tocó a las puertas de su casa y la mujer lo encontró equilibradamente muerto en la bicicleta. Para entonces el menor de los hijos había cumplido veinte años.
Desde la noche siguiente empezó a ser fantasma. Y tengo entendido que el concejo municipal rechazó, hace algunos años, la proposición de uno de sus miembros, mediante la aprobación de la cual se nombraría al ciclista fantasma sereno athonorem siquiera para que la ciudad derivara algún beneficio de su nocturna actividad pedalística. La proposición fue rechazada cuando uno de los miembros de la oposición se puso en pie y dijo que era un irrespeto ese de degradar un fantasma a la terrestre condición de empleado público.
Después de haberlo pensado con detenimiento, he dicho esto en el hotel:
– Si alguien pudiera persuadir al fantasma de que se inscribiera en un tonreno, seguramente conquistaría el título máximo.
La idea me parecía por le menos discutible, si se tiene en cuenta que las facultades extraordinarias, sobrehumans, del fantasma lo ponen en condiciones de superar al más temible de sus adversarios. Pero esta proporción, como la del concejal, fue rechazada de plano. Uno de los presentes me ha dicho: 2Eso nunca. Sería fraudulento”.
Mi interés por el fantasma ha hecho nacer la sospecha en la ciudad. Se me pregunta con acento maléfico: “¿Qué hubo del aparecido?” Y tengo la impresión de que se están tomando medidas para evitar que yo logre ponerme en comunicación directa con el ciclista nocturno y lo persuada de que se vaya a probar suerte en los estadios.
Confieso que no tengo el menor interés. Allí, donde se encuentra ahora, es donde debe estar para toda la vida el ciclista metafísico, dando vueltas en una ciudad que lo quiere y lo respeta. Y hasta lo necesta, al menos para que le ponga cierta música de ruedas y pedales a las madrugadas inútiles de esta ciudad aburridora.
(Texto publicado en El Heraldo, Barranquilla, columna La Jirafa, firmado por Septimus, en marzo de 1951; y rescatado en el libro: Textos Costeños II, editorial Oveja Negra).

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