Movilidad: caldo rancio y maloliente

¿Qué ingredientes se necesitan para tener una ciudad caótica para moverse en coche, en bici, en transporte público concesionado o a pie?

Por Oso Oseguera*

Para empezar, un transporte público que se siente reyezuelo. Y lo hace sentir cada que puede. Su armadura –verde, abollada, carcomida y arrugada– da cierto miedo, uno no los quiere cerca. El siguiente condimento son los taxis –hoscos y retadores al volante– se encaraman sobre el asiento y gritan que te quites, que eres un estorbo. Siguen los alegres ciclistas, que van por la vida sintiendo el viento en la cara. Los hay quienes gustan de circular por la banqueta o en sentido contrario (no abordaré el tema del casco) y se sienten muy seguros. Y luego, como caldo de cultivo e ingrediente principal, están los peatones: viandantes que en sus dos piernas cruzan las calles no sobre las cebras, sino donde les apetece.

En una ciudad así, claro que resulta difícil tener una sana convivencia. En una ciudad que no aplica exámenes para expedir licencias de conducir –que maldita la cosa solo sirve para manejar, y eso no garantiza que sepan, pues como identificación incluso en algunos edificios ya no es válida (olvídate del banco o para realizar un trámite ante gobierno)– basta saber pisar el acelerador y el freno y salir a la calle.

Toda esta materia prima da por resultado una movilidad farragosa. Todos parecen tener complejo de “ahí les voy y ni se pongan”.

Mi propuesta, como ciclista, aunque también soy peatón y a veces –cada vez menos– automovilista, es que nos eduquemos entre nosotros los cleteros. Si ves a alguien que viene en sentido contrario, alértalo sobre su error, si va por la banqueta, dile que solo los niños, según el reglamento de Tránsito, puede hacerlo. No veo otra manera de hacerles ver su error. Una campaña del gobierno del DF sería ideal, pero algo tiene que ocurrir ya.

En cuanto a los automóviles, será bueno recordarles dos cosas básicas: los ciclistas tenemos derecho a rodar por un carril entero  y ellos deben mantener, al menos, un metro de separación (artículo 22, fracción IX). Esto, seguro no lo saben. Hay que decírselos.

Lo que no puede mantenerse es el desorden en la movilidad. Y creo que si entre ciclistas nos comportamos y respetamos, nos ganaremos el respeto. Pueden llamarme ingenuo o imbécil, pero solo a través de la participación de todos es que esto rodará mejor. No podemos esperar a que el GDF emita una ley, otro reglamento, trípticos para repartir en las esquinas o campaña publicitarias en la televisión para reeducar a sus ciudadanos.

* El autor está consternado y optimista. Primero por la muerte de dos ciclistas que no conoció, pero como si fuesen sus íntimos. Segundo, porque el movimiento bicicletero en el DF logró captar la atención y obtuvo respuesta.

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