No voy en coche

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Por Oso Oseguera*

Por azares del destino me ha tocado conducir coche estos días. Me recontracaga. No hay otra expresión, pero desesperante, hartante, inútil, tedioso y exasperante se quedan chicas en cuanto tomo el volante. ¿Qué es tan malo del auto? Los otros automovilistas son una especie letal y autoaniquilante, quieren acabar con sus pares. Les estorban el paso, les pitan, les echan las luces, los insultan. No los quieren cerca, detestan la proximidad y, sin embargo, pasan gran parte del tiempo defensa con defensa. ¿No se aburren?
Se acaloran, bajan el vidrio y se asfixian de contaminantes, de ruido. Suben el cristal, se encrespan y agarran el celular. Se distraen, ponen en riesgo vidas ajenas y no disfrutan el trayecto.
No hay mucho que disfrutar a bordo de un auto, sobre todo, cuando de todos lados te están agrediendo y tienes que manejar agresivamente para lograr pasar, para cambiarte de carril, para casi lo que sea. No, no voy en coche, pero hay días que lo tengo que hacer.
En cambio, me subo a la bici, me ajusto el casco, me pongo los lentes oscuros, los guantes y a rodar. ¿Está lejos? Mejor, me pongo shorts, camiseta y llevo la muda en la mochila. Así puedo ir más rápido. ¿Está cerca? No hay muda. Paso entre los autos, voy tocando la campana, abusado con los motociclistas, otra especie rijosísima, ah esos peatones distraídos que cruzan a media calle o que se paran sobre el arroyo vehicular. El viaje se vuelve disfrutable y si hay una prolongada distancia será mejor. Descubro por una calle que no había pasado que hay una pastelería coquetísima, unos baños de vapor, una tienda especializada en tornillos.
La sensación de avanzar es placentera. No te cocinas en el carro, ni te hartas del locutor o noticiero, ah, la vida urbana en dos ruedas transcurre plácidamente.
Y por eso no me acostumbro ni creo que ocurra a moverme en coche. Insisto, hay momentos en que es necesarísimo, pero si puedo ir en mi bici, siempre será la primera y única opción.

El autor, desde su carril, flanqueado por autos, saluda a los enlatados y su vida a 16 km/hr. El va poco más rápido, pero avanza, goza, vive, llega a la hora y no pierde tiempo.

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