Que lenta es la vida en pendiente

Cuando uno toma la bici y decide rodar no piensa en los momentos difíciles. Solo te acuerdas de que el aire es limpio, puro, de que el viento te pega en el rostro, de que eres muy feliz pedaleando mientras otros van “enlatados” en sus coches. Ver así la vida ciclista es parcial.

En todo, como en la vida, hay pendientes… Me refiero a colinas, subidas, cuestas. Y en esas no piensa el ciclista cuando se monta en la bírula.

Las pendientes exigen, demandan fuerza, pero más que eso paciencia, disciplina. Se trata –al menos así me lo he impuesto– de no dejar de pedalear. Me parece vergonzoso bajarme de la bici y “caminarla” porque no me dieron las piernas. No es machismo ni masoquismo, es mera convicción de saberse triunfador de una loma más, de un tramo extra.

Pero, ¿cómo arrancan estas inofensivas subidas? De la nada empiezas a sentir dura la tracción y mínimo el avance, ajustas la velocidad, se suaviza el pedaleo, pero la pendiente se incrementa, el vehículo se vuelve pesado, te rebasan los autos, los árboles están inmóviles –más que otras veces–, nadie pasa cerca, nadie más quiere subir por ahí. Resoplas, aprietas las piernas, fijas la vista en un punto, no sobre el horizonte, que parece inalcanzable, sino sobre el pavimento, llegas ahí y fijas otro punto.

Las piernas no cesan de moverse, te aferras al manubrio, como si pudieras transmitir fuerzas de tus brazos a las piernas a través de la bici. El sudor recorre la cara, cae una gota salada en el ojo, lloras, se nubla el panorama, no dejas de pedalear, no dejas de fijar puntos delante. Con un solo ojo y dos piernas mantienes el ritmo, estás en la velocidad más suave, quisieras que hubiese otra, le das a la palanca, pero no, se agotaron ambas estrellas. Vas al mínimo y crees que cada pedaleo completado te suma metros, y apenas ganaste centímetros.

Sientes la tensión en las pantorrillas, quisieras pararte sobre los pedales, pero ya es demasiado tarde, es un esfuerzo que consumiría tu resto. Que lenta es la vida en pendiente, que calmo páramo hallaste, que quietud afuera y que hervor por dentro del cuerpo.

Parece que ya se va a acabar este tormento, en algún momento vislumbras el horizonte, y sí, por tu cabeza pasó el pensamiento de por qué tomé esta ruta, no habrá un teleférico, que fácil se ve desde el auto… pero las piernas son obedientes y llegas a esa cima, respiras, resuellas, jalas aire porque sabes que vienen más. No importa, necesitas una tramo plano para retomar fuerzas, para ser más feliz con tu humanidad, tus pensamientos y tu bici.

* El autor acaba de reseñar la subida de Picacho-Ajusco desde el Periférico para tomar la ciclopista rural de Tlalpan y llegar a Amatlán, Morelos. Fueron 7 horas desde la Roma, fueron momentos inquietantes que se pagaron con “pasillos verdes” en el camino y vistas dignas del pincel del pintor José María Velasco.

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