Un cuerpo extraño en mi cuerpo

 

En rueda está el silencio detenido,

y en freno congelado la distancia.

Qué lejano está el pie, cómo se ha ido

la infancia del pedal sobre la infancia.

Miguel Arteche (La bicicleta)

 

Sí, finalmente ocurrió la operación quirúrgica que promete quitarme los dolores de la espalda, las lumbares que sentí varias veces atravesadas por una espada y que me impidió reincorporarme de la silla, y que me tomó 30 minutos dar 15 pasos.

Eso ya fue. Ahora son otras sensaciones, otra vida. Soy un ser dependiente de una faja para caminar erguido, de una madre y su amor incondicional para ayudarme a vestir, secarme los pies, a recoger una pastilla del suelo. Estoy incapacitado, por el momento, para agacharme, para doblar la espalda, para anudarme los zapatos.

Soy como un robot de carne, hueso y plástico. ¿Plástico? Sí, el doctor que me operó tuvo que insertar en vez del disco lumbar que se reveló y se salió de su sitio, un espaciador intervertebral para que no pierda flexibilidad… aunque hoy parezca un ser de metal.

Ese extraño artilugio en mi columna vertebral lo siento, a ratos, como un varilla, como un cuerpo rígido y extraño en mi cuerpo. No me acostumbro todavía a su presencia. Además tengo una cicatriz que parece gusano, que tiene colores entre rosáceos, naranjas y violetas, enmarcados por un hilo negro. Pedí que le tomaran una foto para saber qué es exactamente lo que tengo en mi espalda.

Confieso que no hay dolor, apenas ligeras punzadas de vez en vez. Algunas actividades se han vuelto proezas: girarme en la cama, acostarme boca arriba, sentarme en una silla, levantarme de la cama, entre otras. Eso sí, por ahora hay ciertos imposibles: recoger algo del piso, cargar objetos, caminar más de 15 minutos con la faja, ponerme los calcetines y los zapatos, rodar la bicla…

Pero de todo esto lo que más me duele, lo que más añoro, lo que más deseo es volver a rodar consuetudinariamente. Desde unos tres meses previos a la operación “me bajaron” de la bici y aguanté, ahora debo esperar otro tanto. Es eterno. Me siento como un pez con poca agua, como un músico sin instrumento, como un enamorad@ sin su enamorad@. Es triste. Los veo rodar y me muero de envidia.

El único aliciente es que volveré a rodar como los buenos aficionados y hasta mejor, porque no habrá ningún dolor ciático, ninguna nada. Volveré al asfalto para reencontrarme con la ciudad que palpita y hace rato no me ve, me toparé con algunos de ustedes en el camino y nos saludaremos (ya saben, un chiflidito o solo alzando 3 dedos sobre el manubrio). Alternaré a placer mis dos bicis, le meteré pata para sentir la velocidad, cortaré el viento, escucharé pasar las gomas sobre el pavimento, tomaré mi lugar en esta ciudad –hoy abandonado–. Hoy mi “insecto transparente” (Neruda dixit) no recorre nada, es vehículo inerte que espera a su acompañante pacientemente para rodar por el camino. Volverán los buenos tiempos y serán mejores, llegaremos más lejos, llegaremos más sudados, llegaremos ella y yo, acompañados.

* El autor escribe estas líneas bajo el influjo de la nostalgia por rodar, con el recuerdo más cercano de haberlo hecho hace 3.5 meses y con un colorido coctel de pastillas que mitigan el dolor.

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