Un trolebús en el camino

Durante el confinamiento, nuestra habitual rutina de entrenamiento se modificó y tuvimos que refugiar las bicis en la calurosa azotea. Bajo sus cubiertas de grisácea tela afelpada, quedaron tristemente recargadas junto a las cajas que guardan los objetos de navidad.

Por Cecilia de la Rosa*

Viendo cómo esta rara experiencia de encierro poco a poco empezaba a ceder y las autoridades, después de varias semanas, daban apertura para asomarnos a la calle, mi hijo Davo me impetró a iniciar poco a poco las rodadas… y el deseo de salir un momento de casa, me llevó a aceptar su propuesta.

Subimos a revisar el estado de nuestras abandonadas bicicletas; tuvimos que zarandearles el polvo, embadurnar de aceite la rechinante cadena y rellenar el vacío de las llantas. Los cascos, chalecos y guantes permanecieron listos en los morrales. Para nuestra sorpresa, los atuendos habían encogido; el de Davo le quedaba de “brincacharcos” por los centímetros que ganó y el mío no ajustó por los kilos que cultivé durante el confinamiento. Eso no nos detuvo, con algunas dudas, nervios y mucha alegría echamos a andar nuestra aventura sobre ruedas.

El plan ya se sabía: rodar hasta poco antes de la avenida principal, tomar atajo para cortar camino, llegar a los alrededores del planetario politécnico y pasar un rato agradable entre los prados y arboledas.

Mi andar inició muy tranquilo, disfrutando cómo el aire rozaba mansamente mi piel no cubierta por el incómodo tapabocas… ya ansiaba libertad. Por falta de ejercicio había perdido condición física y me cansé pronto, bajando aún más la velocidad. Las rodillas parecían rechinar, las piernas ya protestaban, las manos se entumecían y el sillín comenzó a doler.

Pero la emoción de mi hijo de 15 años por llegar al destino, lo adelantó algunas cuadras. Alcancé a ver su vuelta sobre la avenida principal y un trolebús detrás de él. Mi angustia me hizo aumentar la velocidad olvidando mi cansancio, hasta llegar a la esquina, encontrando lo que más temía: Davo yacía tendido en el piso, limpiando de sus raspadas manos y rodillas los residuos de la arrastrada por el pavimento, la bici viraba sus llantas al cielo…

El atajo estaba bloqueado y Davo decidió ir por la avenida principal. Sin hacer alto total, quiso ganarle el paso a un trolebús que se dejaba ver claramente. Para tomar velocidad, se incorporó sobre los pedales, se aferró al manubrio y pedaleó apresuradamente, sin embargo el trolebús ya estaba junto de él, obligándolo a embadurnarse en la banqueta. A unos cuantos pasos, transeúntes que esperaban el transporte público invadían el carril y por si fuera poco, un taxi abarcaba dos carriles para bajar su pasaje. Sin oportunidad de avanzar, quedó atrapado entre todos ellos, esquivándolos y rodando hacia una alcantarilla taponada de hojas marchitas, filosos vidrios, piedras y basura, cayendo en ella; su peso y la mala posición en la bici acabaron lanzándolo al suelo.

Este desafortunado incidente se pudo evitar si al llegar a la esquina hubiese frenado y visualizado los posibles riesgos. Dejar pasar al trolebús era lo ideal o al menos hacer contacto visual con el chofer, que siquiera se percató de la presencia del niño. Anunciar su vuelta estirando su brazo y haciendo sonar su silbato o el timbre del manubrio. Circular por el centro de carril, lejos de la banqueta, tener control total de su peso, manubrio y frenos. Un toque de prudencia por parte de transeúntes y choferes ayudaría a esta gran ciudad.

Definitivamente no tomó precauciones y todo se prestó para que Davo tuviera su primer peripecia en la bicicleta, dejándole una ardiente curación, algunas marcas en las rodillas y una gran lección sobre las ineludibles reglas de rodar en la ciudad. Quien no conoce su historia bicicletera está obligado a repetirla.

*La autora y su hijo regresaron a las andadas, bajo nuevos atuendos, bicis remendadas y aventuras por narrar.

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