Una ciudad de bestias all terrain

Todos tenemos un lobo en la cabeza, tienen ojos polarizados y hace un par de años, el conteo dio 2.5 personas por cada uno de ellos.

A los lobos les gusta echarse sobre las banquetas. Las adoran para trepar en ellas sus cuerpos metálicos, gigantescos, de doble cabina. Con sus colores brillantes, rojos, platinados, negros, los lobos imponen. Nadie que camine sobre el sendero peatonal se atreve a reclamarle al propietario de estas bestias. Mejor bajarse. Mejor hacer las verónicas y chicuelinas con el resto de la manada, que corre a 60 por hora sobre las ces de Guadalajara. Mejor arriesgar el pellejo con la manada que con los lobos.

Los dueños de los lobos no son todos iguales. Aquí viene, por ejemplo, el muchacho con cara de arquitecto intelectual, al que el banquetazo le pareció la mejor estrategia para ir a la papelería de la Avenida Agustín Yánez, casi La Paz. Hola, tu lobo está sobre mi paso…

Todos tenemos un lobo en la cabeza, aunque ni hayamos pensado en ahorrar para uno. En 2012, la investigadora de Salud Pública de la Universidad de Guadalajara, Rosa Leticia Sherman, recordaba que hace apenas 30 años, en la zona metropolitana había, en promedio, 7.5 personas por vehículo; en 2000 el promedio se redujo a 4.4 tapatíos por coche y hace un par de años, el conteo dio 2.5 personas por automóvil. ¿Será que algún día seremos los mismos? ¿Será que algún día ellos serán más? ¿Será que la primera imagen en la memoria de un recién nacido será los muchos coches que percibió, borrosos, pero contundentes en el camino del sanatorio a su hogar?

Los lobos tienen ojos polarizados y suelen ponerles neumáticos all terrain. El poblador más fuerte de esta urbe tiene apenas dos piernas que, por más músculo que enseñen, no se pueden poner a las patadas con las llantas de los animalones, ni siquiera cuando éstos yacen, echados en las banquetas. “Mire, yo no me doy abasto, no se quieren bajar”, reniega tras sus gafas negras el oficial de Tránsito asignado a un área cercana a la Avenida La Paz. “Además, a los restaurantes les permiten que los valet parking los suban a las banquetas, mire. Uno los multa y ellos se arreglan con los patrones”, añade resignado. ¿De cuánto es la multa? “Tres salarios mínimos… unos 190 pesos. Nada”.

La Paz es el paraíso de las banquetas inexistentes. Y los lobos no son sus únicos habitantes. Hay patrióticas blancas, ondas plateadas, hilos rojas, y el detalle a nadie parece preocuparle. Ni siquiera a los peatones y eso es que abundan.

En 2009, una encuesta sobre el origen y el destino que realizaron varias instituciones públicas, académicas y ciudadanas arrojó que una cuarta parte de los viajes que ocurren en la ciudad se hacen a bordo de vehículos particulares, que ocupan 90% de las vías urbanas. El resto de la gente, incluyendo una tercera parte que se mueve en camión, es peatón por lo menos una vez al día.

En La Paz los peatones agachan la cabeza ante el sol invernal de mediodía y agachan la cabeza cuando se bajan de la banqueta: “Pos no nos queda de otra”, dice una mujer con una nena de tres años en brazos. Tiene suerte porque algunas veces ella y la chiquilla y la pañalera y el bolso caben en los 25 centímetros que hay entre la bestia aparcada y el muro. Miguel, un sociólogo cuya vida se desplaza sobre una silla de ruedas, tiene que bajarse cada tantos metros.

Los notarios públicos, que abundan en la avenida, podría dar fe del esfuerzo de Miguel. Pero a los notarios públicos y a sus abogados y a las secretarias de éstos les parece que echar sus lobos y sus hilos y sus patrióticas posesiones en las banquetas es la única opción posible en una ciudad metálica.
“Estimaciones de la Secretaría de Vialidad hablan de aproximadamente 1.8 millones de vehículos (en la ciudad), y que se tiene la información de que todos los días se incorporan más de 300 vehículos” a las calles, publica en su página el Colectivo Ecologista de Jalisco. A una ciudad como ésta “le puedes poner todos los pisos que quieras” y los autos no van a caber de todos modos, dijo hace algunos años el investigador de la Universidad de Guadalajara, Arturo Curiel Ballesteros.

El problema se agrava porque ahora las banquetas están todas en la planta baja.

Bien dice el treintañero con cara de arquitecto intelectual —no parece una mala persona—, recién salido de una papelería de Agustín Yáñez y La Paz, antes de marcharse, montado en el lomo de su mascota plateada y all terrain: “Mi lobo no cabe en otra parte, señora”. En el fondo, el arqui tiene razón.

(Por Vanesa Robles, de El Informador)

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